Desde hace 50 años, durante la última semana de enero, los políticos y empresarios más influyentes del mundo se reúnen en Davos, Suiza, para establecer una agenda común sobre los problemas más relevantes del año.
Esa es la reunión más importante del Foro Económico Mundial, que en esta ocasión contó con la participación del presidente argentino Javier Milei. Su discurso, beligerante como él mismo, utilizó un término anglosajón que poco a poco ha invadido la discusión pública: woke. Según el político, esta “ideología” es la gran epidemia de nuestra época, pues impulsa la defensa de los derechos humanos.
En realidad, woke, traducido como “despertar”, ha ganado terreno entre quienes defienden una agenda de centro-izquierda en la política occidental. Incluye causas como la equidad social y racial, el feminismo, los movimientos LGBTQ+ y el reconocimiento de la diversidad cultural.
El problema de la agenda woke es su falta de articulación. A pesar de la importancia de sus luchas, no siempre existe un objetivo claro que las unifique. Muchas personas la ven como una moda centrada en la corrección política, útil pero insuficiente.
La trampa de la agenda woke radica en su fragmentación. La derecha ha aprovechado esta falta de cohesión para fabricar un enemigo etéreo. Los populistas han encontrado en lo woke un blanco conveniente para justificar su discurso.
El populismo no es un sistema de creencias, sino una estrategia para organizar la representatividad política y la sociedad. Diego Fonseca, en Amado Líder (2021), sostiene que los populistas prosperan en tiempos de crisis representativa porque ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos. Explica que “el populismo niega la evidencia empírica, por lo que rechaza el discurso experto, la legitimidad del periodismo y el método científico”. Así, los líderes populistas manipulan la percepción pública con discursos nacionalistas y teorías de conspiración.
Uno de los aspectos clave que plantea Fonseca es la capacidad del populismo para adaptarse a cualquier contexto. A pesar de sus diferencias, figuras como Donald Trump y Javier Milei comparten una retórica de confrontación y victimización. Su estrategia política se basa en la desinformación y el descontento social.
Cuando los tomadores de decisiones fabrican enemigos ficticios desvían la atención de los problemas reales. Lo que realmente les molesta es la organización colectiva y la articulación social por los derechos humanos.
Más preocupante es que ellos, mientras reducen la capacidad del Estado frente al capital; nosotros, perdemos la oportunidad de discutir lo esencial: ¿cómo construimos un mundo más justo?
El capitalismo siempre encuentra maneras de perpetuarse y legitimar desigualdades, utilizando mitos como el de la agenda woke para distraernos de lo fundamental.
Creo que hemos caído en la trampa.
Estamos debatiendo lo que ellos quieren que discutamos, mientras dejamos de lado la lucha por el derecho a vivir con dignidad. Una vida que se sostiene de la salud, la educación, el trabajo digno, la vivienda, el agua y un medio ambiente sano: ¿hasta cuándo volveremos a discutir y luchar por lo importante?
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