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¿El bosque es una mercancía?

Un incendio es un evento que puede ocurrir naturalmente, es un riesgo cotidiano y puede llegar a ser ambientalmente necesario de manera esporádica. Sin embargo, lo que hemos vivido con nuestros bosques, como humanidad, como mexicanos y como habitantes de la gran Área Metropolitana de Guadalajara es otra cosa. Hace un par de años fuimos testigos de la devastación del Amazonas, de los bosques australianos y de una enorme franja boscosa en África central. Ya son cotidianos los grandes incendios en los bosques de Estados Unidos, especialmente en California. No nos hemos quedado atrás, desde la Sierra de Santiago, especialmente en Coahuila, hasta el bosque La Primavera, nos asomamos cada vez más a un entorno en que se vuelve más difícil vivir. 

Resultaría absurdo pensar que alguien en su sano juicio pretendiera atentar en contra de aquello que nos es necesario para vivir, pero deja de ser irracional, en términos de mercado, cuando el ataque se justifica en términos de “modernidad”, planes de negocios, desarrollos inmobiliarios o hasta plantaciones agrícolas. De hecho, el cuidado de medio ambiente se convierte en un mercado más “el de servicios ambientales” y por ende, dicho cuidado debe ser suficientemente rentable en comparación con usos alternativos de los mal llamados recursos naturales (que en realidad son riquezas). 

Al medir la productividad en función de los ingresos de las personas, un paramédico que se juega diario la vida para salvar la de los demás es poco productivo, mientras que un especulador bursátil que genera grandes ganancias a un corporativo financiero, vendiendo sueños de humo, sería altísimamente productivo. Lo mismo ocurre con la naturaleza, si su uso implica grandes ganancias para unos cuantos, esto se valora en el mercado como un uso eficiente de la naturaleza, en cambio, el cuidado no mercantilizado del medio ambiente se encuentra permanentemente amenazado. 

Es evidente la gran fragilidad de nuestro bosque, a tal fragilidad se le suma el crecimiento caótico de la ciudad, las presiones de negocios inmobiliarios, la escasez de recursos para atenderlo y las posibles corruptelas, irresponsabilidades, descuidos y abandono. 

Con frecuencia se señala en los medios empresariales que los egresos públicos deberían de orientarse más a la inversión y menos al gasto corriente. Sin embargo, existen terribles inversiones fracasadas, como las villas panamericanas o la Presa El Zapotillo, mientras que pudiesen existir formas de gasto corriente altamente beneficiosas para la población, como la educación, el cuidado de la salud o el del medio ambiente. 

A mi parecer, La Primavera debería estar más cuidada y vigilada que Casa Jalisco; la limpieza y protección del lago de Chapala, más garantizada que el uso del agua para las grandes empresas hidrointensivas; la infraestructura para el transporte público y no motorizado, mejor jerarquizada presupuestalmente frente al transporte automotor privado… ¿se trata de ilusiones utópicas o seguimos acabándonos con lo que es indispensable para simplemente vivir? 

iroman@iteso.mx

jl/I