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Aguas

Recuerdo que, cuando era más joven, tuve la buena fortuna de compartir excursiones y campamentos con un grupo de amigos –más que amigos, hermanos scouts– por diferentes partes de nuestro hermoso México. Caminábamos siguiendo cauces de ríos y riachuelos, acampábamos a la orilla de grandes lagos y lagunas donde disfrutábamos de un sinnúmero de actividades.

Recuerdo que, hace ya medio siglo, llevamos un par de balsas inflables, una de ellas nombrada Xaman Ek, el dios maya de la estrella Polar, la paz y guía de los mercaderes. Navegamos en ella en la laguna de Catemaco y en los lagos de Montebello.

Durante nuestras aventuras caminamos y acampamos bajo lluvias torrenciales. A veces tan intensas que nos preocupaba la integridad del campamento. En una ocasión, en la zona de las cascadas de las Granadas, en las inmediaciones de Taxco, Guerrero, llovía tanto que, en cuanto paraba un poco el temporal, salíamos apresuradamente de las tiendas de campaña a preparar algo de comer para volvernos a encerrar porque la tormenta continuaba casi de inmediato. Algo parecido nos sucedió acampando en un islote en medio del río cerca de Salvatierra, Guanajuato, con una lluvia tan fría que calaba hasta los huesos.

Tuvimos también la fortuna de admirar las estrellas echados en las balsas a la mitad de una de las multicolores lagunas de Montebello, Chiapas, o durante un campamento en la orilla de la laguna de Zirahuén, en Michoacán.

Fue todo un privilegio, especialmente mirado a la luz de la terrible sequía que amenaza ahora a esos enormes cuerpos de agua. Recuerdo la primera vez que circulé, ya de noche, por la carretera que cruza la entonces laguna de Cuitzeo. Fue una experiencia impresionante circular por ese camino que se fundía con las aguas a la luz de la luna y los faros del automóvil.

Hoy, Cuitzeo, que podía verse al transitar por la autopista a Morelia y Guadalajara a lo largo de casi 80 kilómetros, está a punto de desaparecer devorado por la sequía de varios años. En las orillas que ha ganado la tierra pueden verse ahora cultivos y animales pastando. Así ha sucedido también en el emblemático lago de Chapala: aunque hace unos años logró recuperar terreno, hoy se ve amenazado por el duro estiaje de la región.

De la misma manera, hace años quedó seca la laguna de Sayula, también en Jalisco, que hoy en día es un depósito de tierra que provoca fuertes tolvaneras en los días de mucho viento.

Los efectos del cambio climático están a la vista, por más que se quiera negarlo, y afectarán cada día más a los seres humanos. Las altas temperaturas nunca vistas hacen mella en la población. El agua, antes abundante en casi todo el territorio nacional, hoy escasea, agravando la situación provocada por los calorones que nos asolan cotidianamente.

Aguas con el agua. Es imperativo cuidarla, disminuir en lo posible su consumo y evitar a toda costa su desperdicio. Penalizándolo incluso, ya que quien tira el agua está cometiendo un crimen contra el resto de los mexicanos.

Así sea.

X: @benortega

jl/I