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Los ecos

Hay historias que se miden en canciones. No en el tiempo que pasa, sino en las melodías que regresan a las tres de la mañana, sin pedir permiso.

Cuando el dolor es demasiado abstracto para nombrarlo, pero demasiado concreto para ignorarlo, aparece ella: la música. No como entretenimiento, sino como testigo. Como esa presencia que no aconseja ni consuela, sino que se queda. Y de pronto suena exactamente eso que una sentía sin haber sabido formular.

La playlist del adiós no se escribe con intención. Se revela. Un día abres tu biblioteca y ahí está: una cronología emocional que no recuerdas haber armado, pero que te reconoce de inmediato. Canciones que elegiste sin saber que estabas señalando puntos de sutura. Voces que no sabías que iban a acompañarte. Letras que ahora parecen escritas para este momento, aunque las hayas escuchado años antes.

No importan los títulos (cada quien tiene los suyos), sino el gesto humano que hay detrás: la necesidad de musicalizar el caos; de darle forma, estrofa y rima al desorden interno. De encontrar en un acorde lo que no aparece en el vocabulario del duelo. Ni en el propio.

Porque el duelo, al menos al principio, es mudo. Es un ruido sordo, un vacío que vibra. Y poco a poco empiezan a filtrarse las notas. Primero como irrupción: esa canción que suena en un café y te deja suspendida con la taza a medio camino. Luego como búsqueda: cuando navegas esperando algo –aunque no sepas bien qué– que suene parecido a cómo te late el pecho.

Y la música responde. Siempre.

No con soluciones ni promesas, sino con compañía. Te presta una guitarra furiosa, un piano pesado de tristeza, una voz que ya pasó por ahí. Entonces entiendes algo incómodo y tranquilizador a la vez: no estás inventando este dolor. Alguien antes lo sintió, y tuvo la lucidez –o la desesperación– de convertirlo en canción.

Lo hermoso, y lo cruel, es cómo las canciones cambian contigo. Lo que antes sonaba a amor ahora suena a pérdida, a territorio minado. La música es la misma; la que ya no es la misma eres tú. Y en ese reconocimiento hay una primera forma de orden: saberte distinta.

La playlist del duelo no es lineal ni pedagógica. No va de la tristeza a la superación en pasos claros. Es errática, contradictoria, humana. Un día necesitas la canción que grita lo que no te atreves a decir. Otro, la que apenas susurra tu agotamiento. Y a veces, la que recuerda que alguna vez fuiste feliz sin necesidad de esa historia.

Hasta que ocurre algo casi imperceptible.

La música deja de ser espejo y empieza a ser ventana.

Aparece una canción nueva que no compartiste con nadie. Un tema sin memoria asociada. Una melodía que no nombra el pasado ni lo explica. Un día te descubres escuchando cinco canciones seguidas sin llorar. Otro, moviendo el cuerpo apenas, como quien prueba si el piso sigue ahí.

No es que el dolor haya desaparecido. Es que la música hizo lo que mejor sabe hacer: creó espacio alrededor de la herida. Le dio aire. Contexto. Dijo, sin decirlo, esto duele, pero no es todo.

La playlist del adiós no se borra. Se guarda junto a otras versiones de una misma que ya no están. Y un día la reproduces y sucede algo inesperado: ya no duele igual. Las mismas notas que antes desgarraban ahora murmuran otra cosa: mira hasta dónde llegaste.

La música acompaña la curación. Te sostiene en el silencio mientras una aprende a habitarlo. Da forma al vacío hasta que deja de ser insoportable.

En cada nota, incluso el adiós más definitivo se convierte –con tiempo, con oído, con cuidado– en algo distinto, aunque todavía no lo sepamos nombrar.

Pero que resuena.

Dentro.

@perlavelasco

 

 

NH/I

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