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Otra geografía

Botero nunca pintó gordos. Nos presentó una mirada de la realidad exaltada e intensa

Museo de Antioquia

 

En Colombia, mi cuerpo aprendió antes que mi cabeza.

Lo supo al subir calles que parecen no terminar nunca. Al mojarse con lluvias frías a pleno mediodía. Al caminar bajo un sol que no concede tregua. Al detenerse, jadeante, frente a un paisaje que vuelve insignificante cualquier cansancio.

Hay territorios que no buscan explicarse, sino convivir en tensión. La belleza junto al desgaste. La fiesta al lado de la memoria herida. La música y el ruido empujándose por el mismo espacio. La vida ocurriendo sin pedir permiso.

En Medellín, cientos de motocicletas trazan un pulso propio. El sonido no descansa. Se vuelve fondo constante, latido urbano. En medio de ese movimiento aparecen oasis inesperados: jardines donde la temperatura baja, el tiempo se ensancha y el cuerpo respira distinto. Basta cruzar un umbral de árboles y sombra para que el mundo vuelva a ser habitable.

Desde ciertos puntos altos la ciudad parece una maqueta infinita. Techos superpuestos, luces, nubes bajitas, calles inclinadas… Se comprende entonces la dimensión física de la desigualdad, pero también la obstinación por ocupar cada centímetro disponible.

En Comuna 13 las escaleras eléctricas suben donde antes solo había pendientes imposibles. El turismo camina sobre lo que fue territorio de guerra reciente. Murales, raperos, guías, vendedores, adolescentes con bocinas portátiles, acordeones. El bullicio es abrumador. Pero debajo de esa saturación hay una historia de resistencia que no admite simplificaciones. No es postal. Es cicatriz. Es recordatorio. Es reconstrucción.

Más lejos, el verde se expande. Montañas, lagos, curvas pronunciadas, pueblos que parecen fabricados para ser fotografiados, pero donde de pronto una escena mínima –ropa tendida en un balcón, decenas de soldados en motocicletas– devuelve la noción de vida real. Nada completamente auténtico, nada completamente artificial. Solo capas superpuestas de supervivencia, identidad y espectáculo.

Y luego está el mar. Un mar que no siempre es azul, que se revuelve, que se ensucia, que se enfurece. Un mar que, como las emociones, no responde a la voluntad, sino a fuerzas más grandes. Frente a él, una aprende a medir la pequeñez propia y, con suerte, a aceptarla.

Viajar así no ofrece descanso: ofrece lucidez.

Una se descubre observando con una atención casi obsesiva. Los sabores que queman apenas la garganta. Los olores que se quedan prendidos en la ropa. Las conversaciones cruzadas en acentos distintos. Todo habla. Todo interpela. Todo confronta. Todo observa.

Y es ahí donde el viaje deja de ser geografía para volverse espejo.

Porque no se trata solo de lo que vemos, sino de lo que eso despierta. En mi caso, fue una revisión incómoda de mis propias capas: las que me han protegido, las que me han endurecido, las que me han permitido sostenerme incluso cuando ya no sabía cómo hacerlo. Estar lejos fue, paradójicamente, una forma de acercarme.

Fui a Colombia por consuelo, pero me enseñó la capacidad humana de reinventarse. La terquedad luminosa de quienes transforman ruinas en plataformas, miedo en coreografía, pérdida en lenguaje.

Eso marca. La identidad se vuelve porosa y en esas grietas algo se acomoda de otra manera.

Regresé distinta. No porque haya encontrado respuestas, sino porque volví con otras preguntas. Aunque duelan. Aunque den miedo. Aunque todavía no sepa qué forma tomará lo que viene.

Y quizá de eso se trate moverse: no de llegar a otro lugar, sino de permitir que algo dentro de una se desplace también.

Aunque sea tantito.

X: @perlavelasco

jl/I

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