Contar historias es una necesidad imperiosa del ser humano, creo que cada uno y cada una de nosotras recordamos con deleite las historias que nos contaban cuando pequeños, el modo como nuestra curiosidad se abría y se poblaba de imágenes nacidas en los cuentos que escuchábamos primero y que, luego, seguramente leíamos.
Hacia la mitad del siglo 16, en las bibliotecas del virreinato de la Nueva España, se marcaban los cantos de los libros con un hierro al rojo vivo, esta figura se llamaba “marca de fuego”. Puedo decir que a mí me han marcado del mismo modo muchos de los libros que he leído desde el lejano día en que abrí los primeros volúmenes que no fueran textos escolares. Recuerdo los cuentos de nuestro libro de lectura de sexto año, Corazón, diario de un niño con los que aprendí a vivir en otras pieles: recuperé la angustia del pequeño escribiente florentino dado a la tarea de escribir secretamente, durante la noche, las fichas con las que ayudaría al padre a ganar el pan de la familia; o los meses que pasó un joven adolescente en una travesía desde Los Apeninos, en Italia hasta Los Andes en Argentina con el afán de encontrar a su madre de quien habían perdido toda pista.
Fue a través de estas primeras lecturas como descubrí que los sentimientos de la empatía, el dolor, la frustración o la felicidad trascendían la pequeña esfera de mi cotidianidad y me revelaban partes de mí misma que hasta entonces no sabía que tenía.
Más tarde en la vida fui descubriendo a los autores que me formarían no solo como lectora, sino como docente: un universo de escritos breves cuyo efecto muchas veces seguía resonando dentro mío, algo estalla en ellos mientras los leemos, nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.
Esa significación misteriosa de los cuentos que develara Julio Cortázar y que para Borges empieza por una suerte de revelación que luego el cuentista tiene que descubrir, ha sido la materia esencial de los talleres de cuento. Por ello quienes acuden a iniciarse o a perfeccionar este arte descubren los retos que impone el género.
Cito en este punto a Clarice Lispector para quien el cuento requiere una estructura mental obsesiva y ejecución precisa, revela lo inexplicable de la existencia y es donde el lector experimenta una introspección profunda, un viaje hacia la esencia de lo humano. Porque eso son los cuentos: relámpagos que de pronto iluminan una parte de la realidad y se van, pero algo de ese resplandor queda en quien lo ha leído.
Me gusta imaginar los talleres como un astillero donde se construyen cuentos, barcos de papel, emisarios que resuelven o prolongan el misterio de la historia que cuentan. Algunos de estos barquitos se quedan varados, otros se hunden irremediablemente o después de que son reparados con cuidado y minuciosidad, quedan listos para navegar en el océano de las letras y tarde o temprano encontrarán puerto en los lectores que viajarán en ellos.
A propósito de lectores, quienes se decantan por este género saben que es como si tuvieran que correr con toda su alma una distancia muy corta. Comprenden que el cuento nos inquieta, no es un territorio tranquilo, ni una zona de confort; es una piedra en el zapato que impide el silencio, que lo puebla con atmósferas, epifanías, giros mortales y que siempre nos ofrece otras maneras de leer el mundo.
GR









