Durante un curso-taller sobre Cultura de Paz dirigido al personal directivo de una universidad pública del noroeste de México, después de explicar que el conflicto humano es solo una manifestación de la conflictividad que existe en el universo, que está presente en todo lo que tiene vida, que es una dimensión de las interacciones humanas dada la diversidad que nos caracteriza, que las contradicciones intrapersonales y dilemas están presentes en nosotros mismos y que para regularlos positivamente hay que tratar de manera diferenciada los elementos y dinamismos que los constituyen (emociones, necesidades, percepciones, intereses, valores, poderes…); planteé a los asistentes dos preguntas: ¿Por qué es importante regular y transformar conflictos en la universidad? ¿Qué necesitamos hacer o dejar de hacer para conseguirlo? Puesto que se trataba de un curso-taller y no de una conferencia, un par de dinámicas grupales propiciaron un ambiente de reflexión y diálogo entre los participantes, a pesar del conflicto laboral que afrontaban en ese momento.
En la universidad es importante regular y transformar conflictos -se señalaba- porque contribuye a lograr los objetivos para los que fue creada (confrontación razonada de perspectivas y argumentos, convivencia en la diversidad, desarrollo del pensamiento crítico…); es crear un ambiente laboral y educativo que permita resignificar las propias ideas, experimentar nuevos métodos de enseñanza, pensar el tipo de sociedad que queremos y la manera de conseguirlo. A través del conflicto nos relacionamos con los otros, es el mecanismo que permite contrarrestar violencias y reconstruir el tejido social.
Considerándolo un factor para la convivencia, sirve para transformar los problemas en soluciones, desarrollar habilidades socioemocionales, satisfacer las necesidades de todos, fomentar el reconocimiento mutuo, conseguir acuerdos beneficiosos para la mayoría mediante una comunicación enfocada en el consenso; propiciar el trabajo coordinado entre departamentos y centros, entre instancias académicas y administrativas, entre la universidad y el sindicato.
Para avanzar en esa dirección -argumentaban los presentes-, hay que afrontar los problemas y tensiones que se generan entre profesores, estudiantes y autoridades; atender los conflictos laborales que derivan en huelgas o toma de instalaciones, evitar los protagonismos, consolidar una mirada positiva de la vida (dejar de lamentarnos, abandonar las pasiones tristes), entender que en las organizaciones surgen conflictos de relación entre las personas y conflictos vinculados a las tareas que se desarrollan que pueden ser abordados desde instancias mediadoras.
Finalmente, llama la atención lo señalado por uno de los participantes: cultivar una cultura que permita “dirimir conflictos”. El verbo dirimir -aclara el diccionario- se usa para referirse a discusiones que se concluyen o de aquello inmaterial que se disuelve (un matrimonio, por ejemplo), no como sinónimo de discutir, depurar o decidir. Sin embargo, nuestra propuesta es aprender a vivir en el conflicto, educarse en la regulación de nuestras interacciones, “batir y batir los conflictos para que emerjan sus elementos constructivos”, adquirir capacidades para navegar entre intereses y visiones divergentes, entender el nivel y el tipo de asuntos que pueden ser abordados mediante la justicia restaurativa, distributiva, alternativa, retributiva… Las universidades tienen mucho que aportar a esa cultura del conflicto.
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