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Conspicuo tabasqueño

Conmemoración fúnebre 63 del lince tabasqueño, uno de los caballeros tigres y hombres jaguares del pasado mesoamericano, mexicano universal de oceánica diversidad, fallecido el primero de marzo de 1963, oriundo del pueblo de Cacaos, perteneciente a la municipalidad de Jalapa, húmedo Tabasco, donde se rememora el 10 de septiembre de 1886 su natalicio.

Evocamos al culto, enérgico, vívido, audaz y vigoroso Francisco Javier Santamaría, el Santamaría de apellido ilustre, temible abogado, bibliógrafo, cronista, educador, ensayista, filólogo, geógrafo, gramático, historiador, intelectual, investigador, jurisconsulto, lexicógrafo, lingüista, maestro, orador, pedagogo, periodista, poeta, político, prosista y gran tribuno. 

Además de su tenaz, salerosa e incansable labor como autor solvente de libros técnicos, literarios e históricos, oficial mayor de Gobierno (1912), síndico municipal (1913), subsecretario de gobierno (1915-1916), senador de la República (1940-1946) y gobernador de Tabasco (1947-1952) en el sexenio del presidente de origen veracruzano, Miguel Alemán Valdez. 

De cuna muy humilde, rural y campesina, hijo de la profesora Virginia Sáenz de Santa María y Sánchez de Gálvez, madre soltera a los 60 años de edad, quien lo lleva a la Hacienda San Joaquín, previo a su destino en Villa o Rancho de Macuspana, donde cursa sus primeros cuatro años de instrucción primaria, mientras premeditaba su traslado a San Juan Bautista.

Las aguas caudalosas de su majestad el río Grijalva, junto a la capital de Tabasco, entre cayucos y canoas, lo hacían soñar las letras y fantasear con los números, a cuyas orillas frondas descansaba leyendo o repasando sus libros, luego de las faenas que realizaba con su tío, cuya geografía e historia dedicaría una notable y erudita monografía años más tarde.

Colaboró desde los dieciséis años en periódicos tabasqueños y de la capital de la República, entre otros El Universal, así como en la revista Norte. Concluyó sus estudios como maestro normalista en el Instituto Juárez, a la postre Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, y en 1912 sustentó el examen profesional de Abogacía con la tesis El Artículo 91

Siguió concurriendo al Instituto Juárez como catedrático, comentando en sus Memorias, acotaciones y pasatiempos, de 1959 lo siguiente: Trece años justo / bajo la sombra / del Instituto / ¡Pero qué bruto! / Como decimos / en vez de mucho / los tabasqueños. Comenzó luego su callada tarea como autor de El periodismo tabasqueño, publicado en 1920. 

Vendría después en 1921 Americanismos y barbarismos; Glosa lexicográfica, 1926; Bibliografía de Tabasco, 1930; Crónicas del destierro, 1933; Notas de una excursión a las ruinas occidentales del viejo Imperio Maya en la Sierra del Tortuguero en Macuspana, Tabasco, 1933 y La tragedia de Cuernavaca en 1927 y célebre escapatoria, 1939.

Más tarde, La poesía tabasqueña, 1940; Ensayo de crítica del lenguaje, 1941; Diccionario general de americanismos, 1942; El verdadero Grijalva. Rectificación histórico-geográfico, 1949; El movimiento cultural en Tabasco, 1946; Documentos históricos de Tabasco, 1950 y en 1959, Diccionario de mejicanismos y Domingos académicos

Siendo gobernador de Tabasco impulsó la educación y publicación de una gran cantidad de libros, autoría de tabasqueños como Joaquín Demetrio Casasús, Manuel Sánchez Mármol, Andrés Iduarte, Carlos Pellicer Cámara, José Gorostiza Alcalá e incluso tabasqueñas feministas como Carmelinda Pacheco de Haedo y su obra El enganchador del Grijalva

El Diccionario de mejicanismos es el tratado con el que ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua como Académico de Número el día 2 de abril de 1954, silla XXIII. Dice el ilustre tabasqueño en la página 167 que un cabrón es un rufián en todas sus acepciones, malvado, pícaro, bribón, miserable e indecente; cabronada, acción de bajeza o villanía del tipejo.

 

jl/I

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