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Los otros 364 días

Cada 8 de marzo las calles vuelven a hablar. Las consignas, las pancartas y las voces que se levantan en distintos puntos del país recuerdan que la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una conversación abierta. El 8M de 2026, como cada año, obliga a mirar de frente lo que a veces preferimos observar de reojo: los avances existen, pero las brechas siguen ahí.

Cuando me detengo a reflexionar sobre las violencias a las que estamos expuestas y la falta de oportunidades para tantas mujeres a quienes no se les reconoce el esfuerzo diario ni el trabajo no remunerado, el 8M pone en perspectiva el universo femenino como si todo se redujera a un solo día del calendario. Como si esa fuera la única jornada autorizada para evaluar avances y retrocesos, para señalar deudas en materia de justicia y para hablar de la brecha de género.

Pero los otros 364 días del año también se vive en pie de lucha. Sin necesidad de vestir de color violeta ni de marchar por las avenidas, millones de mujeres sostienen esa batalla cotidiana desde sus trincheras: en sus centros de trabajo, en las aulas, en los hogares, en la toma de decisiones que implican equilibrar responsabilidades que pocas veces se distribuyen de manera equitativa.

Tal vez por eso una frase sigue resonando con tanta fuerza en distintas conversaciones: a las mujeres nos exigen el doble y nos perdonan la mitad. No es una consigna exagerada; basta observar cómo se evalúa el desempeño femenino en distintos espacios para entender su vigencia. A muchas mujeres se les pide demostrar constantemente su capacidad, mientras que a los hombres se les concede con mayor facilidad el beneficio de la duda. Se exige excelencia permanente y se cuestiona con mayor severidad cualquier error.

Las cifras ayudan a entender por qué esta conversación sigue siendo necesaria. En el más reciente reporte del Foro Económico Mundial, presentado en enero en Davos, se advierte que cerrar la brecha de género a nivel global tomará 123 años. Es decir, al menos cinco generaciones de mujeres más deberán habitar un mundo donde el reconocimiento económico y laboral sigue siendo desigual.

En 2019 se estimaba que la distancia podría cerrarse en un siglo; la pandemia hizo retroceder el marcador y en 2021 el indicador se extendió a 136 años. El reporte de 2026 vuelve a colocar la cifra en 123 años. En cinco años se redujo una década, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién arroja los dados en un juego donde las mujeres parten con desventaja?

México pasó del lugar 33 al 23 en el ranking global en apenas dos años, impulsado principalmente por la participación política de las mujeres y por la elección de Claudia Sheinbaum como presidenta. Sin embargo, el desafío más profundo sigue estando en el terreno económico.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi, en el tercer trimestre de 2025 más de 24 millones de mujeres estaban ocupadas en el mercado laboral. Pero más de la mitad lo hacía en la informalidad, sin seguridad social ni ingresos estables. 

Las cifras son contundentes, pero no deberían convertirse en una sentencia de largo plazo. El reto no es aceptar que la desigualdad persistirá por más de un siglo, sino preguntarnos qué decisiones deben tomarse hoy para acortar esa distancia.

La igualdad seguirá siendo una meta pendiente y el desafío seguirá siendo el mismo: cambiar el tablero de juego antes de que las próximas generaciones tengan que salir a reclamar lo que debió ser suyo desde el principio.

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