“Antes me encantaban las matemáticas. No sé en qué momento dejé de creer que eran para mí”. Leí esta frase en una publicación de UNICEF México la semana pasada, en el marco del Día Internacional de las Niñas en las Tecnologías de la Información y la Comunicación. La efeméride es relativamente reciente: existe apenas desde 2010.
La publicación es una invitación a la reflexión, acompañada de cifras que deberían preocuparnos y obligarnos a cuestionar en qué radica el desinterés de las niñas por las asignaturas de ciencia y tecnología. En la educación primaria, nueve de cada 10 niñas se sienten capaces de sobresalir en matemáticas; en preparatoria, la cifra baja a seis de cada 10; y, a nivel superior, solo tres de cada 10 profesionales en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) en México son mujeres.
Estos datos no son ficción: son la vida real. Aparentemente, el periodo entre los 12 y los 15 años –durante la educación secundaria– es donde ocurre el quiebre y la confianza comienza a deteriorarse. Quizá los roles de género empiezan a surtir efecto y, lejos de existir herramientas que empoderen a las niñas en un proceso de cambio integral, germina la semilla de la brecha de género.
Un botón de muestra: en 2012, Paloma Noyola obtuvo el primer lugar nacional en la prueba ENLACE en matemáticas y el tercero en español. Cursaba el sexto grado de primaria. Un año después fue portada de la revista ‘Wired’, que la nombró “la siguiente Steve Jobs”.
Paloma representaba la esperanza de la niñez. Soñaba con trabajar en la NASA; tenía el talento, pero carecía de los recursos. A sus 12 años vivía en la comunidad conocida como El Basural, en Matamoros, Tamaulipas. Era hija de una ama de casa y de un padre pepenador que más tarde se dedicó al campo. La menor de ocho hermanos crecía en una zona sin servicios. Esa era la realidad de la niña más brillante de México en aquel momento.
Al pasar a la secundaria, la vida le cambió. Seguía siendo la niña que aparecía en periódicos y revistas, pero había perdido a su padre y su madre asumió sola la responsabilidad familiar; la mayoría de sus hermanos trabajaba para sostener el hogar. Paloma fue la única de su familia en cursar la universidad, gracias al apoyo de instituciones privadas, pero dejó las ciencias en el camino y optó por las humanidades. Estudió Derecho, se casó e incursionó en la política con el objetivo de ser un factor de cambio en su comunidad, al igual que su profesor, Sergio Juárez. Su historia inspiró la película ‘Radical’, estrenada en 2023.
De acuerdo con ONU Mujeres, la matrícula femenina en carreras de ingeniería no alcanza el 30 por ciento, y para 2050 se estima que el 75 por ciento de los empleos estarán vinculados con áreas STEM. La brecha, lejos de cerrarse, podría ampliarse.
¿Qué habría pasado si, en lugar de quedarse en su comunidad, Paloma hubiera recibido los incentivos suficientes para desarrollarse en las ciencias exactas? Quizá habría llegado a la NASA, o quizá no; pero los sueños de las niñas llegan hasta donde la realidad se los permite.
Y en un contexto como el de México, donde este 30 de abril celebramos el Día de las Niñas y los Niños, la pregunta no es menor: ¿qué estamos haciendo hoy para que esas posibilidades no se reduzcan con el paso del tiempo?
Tal vez el primer paso sea reducir la brecha digital y garantizar el acceso a la conectividad. Por natural que pueda parecer para muchos, no todas las personas tienen las mismas oportunidades de acceso a la tecnología.
Quizá también hacen falta más docentes como Sergio Juárez, el maestro de Paloma, que –con recursos limitados– impulsó a sus estudiantes a creer en su potencial. O quizá nos falta el valor de romper los paradigmas sobre lo que las familias esperan de las niñas. Ahí podría comenzar el verdadero cambio.
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