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La obra literaria de J. Jesús Morales Vázquez

En el Museo Regional de Guadalajara se presentó el 30 de enero el libro Moloncos, del poeta jalisciense J. Jesús Morales Vázquez. Se trató de una velada literaria que dejó una impronta especial, particularmente por los poemas en prosa leídos por actores locales de un autor poco conocido en nuestro estado, que transitó por Guadalajara con la sensibilidad y la capacidad de asombro de un niño rural a cuestas. Son las composiciones literarias de un bardo de la aldea que viajó a la capital tapatía desde Ixtlahuacán del Río para apropiarse, sin cambiar su esencia nativa, de la cultura occidental, en un sentido amplio, y que adquirió mediante una formación disciplinada y provechosa durante su estancia de casi quince años en el Seminario Conciliar de Guadalajara. 

Dos mundos configuraron al hombre adulto de la ciudad en que se convirtió el infante del mundo pastoril: el que viajó allende el mar del Pacifico trayendo el saber nacido del Lacio y el de los pueblos originarios de la América Meridional. Hecho poeta, con el acento muy marcado por los elementos de la cultura del colibrí, el poeta Jesús Morales le cantó al pájaro huitlacoche bajo el refugio seguro de las alas del águila bicéfala. Honró una visión del mundo con apego a las cosas nombradas en lengua aborigen que yacen en Moloncos, la obra de madurez del poeta de lo mexicano y lo colonial.

En Moloncos se instaura la voz de las vivencias de Jesús Morales. El escenario es el de su patria chica, Tacotán, espejo del México precolombino que evoca. En Moloncos entona la épica de la caída de su aldea aborigen junto con el morir que anticipa de las esencias que lo alimentaron, que lo arroparon y que configuraron la centiárea de su mundo agrario de infante: el maíz, el frijol, el tejolote, el rebozo, la coa y muchas sustancias más.

Moloncos se concibió, al decir del poeta Jesús Morales, entre tazas de café bien cargado y denso humo de cigarro (Delicados sin filtro, por supuesto), a principios de los años setenta en el Café Independencia, hoy desaparecido, que se hallaba a tan sólo una cuadra del histórico Museo Regional de Guadalajara.

En Moloncos hay molotes de palabras rebeldes, inconformes, duras y aleccionadoras. La obra está escrita a la edad de cuarenta años del escritor en esta ciudad tapatía de sus sueños, de sus borracheras, de sus alegrías y de sus desdichas. Publicarlo es un acto de justicia y una invitación para leerlo, único modo de dialogar con un autor.

Su publicación sumó muchas complicidades como la del empresario Helio Estevez y la del presbítero Tomás de Híjar; la del doctor Sergio Aguayo y la doctora Silvia Quezada; y la del escritor Ricardo Sigala y la doctora Patricia Rosas del programa Letras para volar de la Universidad de Guadalajara. (Me disculpo por no mencionar a muchos más con quienes admito estar en deuda). 

Sin embargo, aunque mi reconocimiento absoluto es para los nombrados y los omitidos, las fanfarrias especiales son para el editor de este libro artesanal. Sin su interés incondicional hubiesen pasado muchos años más para que esta versión antológica de la obra iniciara un destino insospechado.

La nota artística de esta edición de Moloncos la pone el proyecto gráfico del reconocido pintor tapatío Benito Zamora con nueve ilustraciones de las pinturas que a lo largo de unos años fue creando exprofeso para el libro. Un aplauso para el pintor que se sumó a dialogar con el poeta Morales.

 

*Maestro profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara

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