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El rostro invisible de la trata de personas

Cada 8 de febrero, el mundo vuelve la mirada hacia uno de los crímenes más graves y menos visibles de nuestro tiempo, por su normalización: la trata de personas. No se trata de una efeméride simbólica ni de una causa lejana. La trata es un delito que ocurre todos los días en ciudades grandes y pequeñas, y que afecta de manera directa a mujeres, niñas, niños, jóvenes y migrantes en situación de vulnerabilidad.

La trata de personas es, en esencia, un proceso de esclavitud moderna. Comienza casi siempre con falsas promesas: un empleo atractivo, una oportunidad para “salir adelante”, una oferta de dinero fácil o una relación que aparenta afecto y protección. Luego viene el traslado, el control y finalmente la explotación. En muchos casos, esta explotación es sexual; en otros, laboral. En todos, hay una constante: la anulación de la dignidad humana.

De acuerdo con datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, el 72 por ciento de las víctimas identificadas de trata en el mundo son mujeres, una cifra que aumenta cuando se trata de explotación sexual. Aunque también hay hombres y niños afectados, la violencia recae de manera desproporcionada sobre mujeres jóvenes y adolescentes. La pobreza, la desintegración familiar, la falta de oportunidades y la ausencia de redes de protección convierten a estas personas en presas fáciles de redes criminales cada vez más sofisticadas.

En México, la trata de personas no es una estadística abstracta. Forma parte de los ingresos más lucrativos del crimen organizado, junto con el narcotráfico y el tráfico de armas. Estados como Jalisco enfrentan realidades concretas: explotación sexual de niñas y niños en zonas turísticas, redes que operan en colonias urbanas, y testimonios que emergen en contextos tan dolorosos como la búsqueda de personas desaparecidas. Las madres buscadoras no solo encuentran fosas; en su camino también se topan con información sobre redes de trata que operan con total impunidad.

El 8 de febrero fue elegido como Día Mundial contra la Trata de Personas por una razón: coincide con la memoria de Josefina Bakhita, una mujer sudanesa que fue secuestrada siendo niña, vendida como esclava y sometida a violencia extrema durante años. Su historia no es una excepción histórica; es un espejo de lo que hoy siguen viviendo miles de personas.

La prevención empieza en lo cotidiano. En las familias, con el cuidado real de hijas e hijos; en la educación digital, frente a redes sociales donde abundan engaños y ofertas irreales; en la capacidad de dudar cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad. También implica revisar valores sociales profundamente arraigados: la obsesión por el dinero fácil, la normalización del consumo del cuerpo ajeno y la indiferencia frente al sufrimiento de otros.

Combatir la trata no es tarea exclusiva de policías o fiscalías. Es una responsabilidad colectiva. El 8 de febrero es una invitación incómoda a mirar de frente una realidad que hemos preferido ignorar, y a preguntarnos qué estamos haciendo -o dejando de hacer- para que la esclavitud no siga teniendo rostro humano.

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