Las crisis no se explican únicamente por indicadores económicos ni por el enfrentamiento de las clases políticas. En la sociedad norteamericana no se ha erosionado solo el poder político, sino la confianza de toda una sociedad multicultural.
Más que un problema coyuntural, se percibe desde hace tiempo una fractura del imaginario común construido: el debilitamiento del sentido compartido de la verdad, de los valores sociales y del concepto de nación. Trump resucita la doctrina Monroe, o también llamada doctrina “Donroe”, como caricatura del poder: “América para los americanos”, en una sociedad donde los nacionalismos se han diluido, pero el autoritarismo quiere darle nueva vida.
El estilo autoritario de gobernar que ha marcado la era de Donald Trump puede describirse como un martillo que confunde el clavo con la mesa. Todo se aborda con la lógica del golpe: la crítica es traición, la ley es obstáculo, el disenso es amenaza. Gobernar deja de ser un acto de conducción y de servicio al bien social, para convertirse en una demostración de fuerza. Los historiadores señalan que el poder que se afirma por la intimidación no construye orden, solo administra el miedo.
La democracia norteamericana semeja un edificio al que se le quitan columnas, una por una: permanece en pie, pero cruje. La legalidad, cuando es instrumentalizada o desacreditada desde el poder mismo, pierde su función social y de justicia. Se transforma en un recurso táctico nada más. La ley deja de ser horizonte común y se vuelve campo de batalla. Así la democracia no colapsa, pero se vacía.
La polarización en la era Trump ha convertido el espacio público en una red de guerra de guerrillas, donde cada grupo social habla solo para los suyos y escucha únicamente para debatir. El adversario político ya no es alguien con quien se compite, sino alguien a quien se deshumaniza.
El miedo se vuelve lenguaje cotidiano, y el odio, una forma de pertenencia. Una sociedad que normaliza el miedo termina desconfiando incluso de sí misma.
En el terreno económico, la narrativa contrasta con la experiencia cotidiana de muchos sectores. La economía se comporta como un motor obligado a acelerar con el freno puesto: cifras que crecen en ciertos ámbitos, mientras la incertidumbre se instala en la vida real de millones de personas en los Estados Unidos. La confianza, elemento esencial de cualquier sistema económico sano, se pierde cuando las promesas no alcanzan la mesa de las clases medias y de los sectores más vulnerables.
El presidente Trump ha hecho una apertura simultánea de múltiples frentes de conflicto –políticos, culturales, internacionales– como si gobernar fuera sinónimo de confrontar. Parece la imagen de un general que combate en todas direcciones y pierde el centro. El conflicto permanente con todos puede movilizar adhesiones, pero también agota a la nación y desordena las prioridades de las personas.
En ese desgaste, la pregunta decisiva es ética: qué tipo de sociedad está dispuesta a construir la sociedad estadounidense. Las democracias no mueren repentinamente. Se debilitan cuando el poder deja de rendir cuentas, cuando el miedo sustituye al diálogo y cuando la fuerza ocupa el lugar de la razón.
NH/I









