loader

Hacer periodismo en un domingo viral

El llamado “domingo viral” en Guadalajara dejó imágenes que parecían irreales: avenidas vacías, comercios cerrados, transporte suspendido y una ciudad paralizada por bloqueos y ataques tras la detención y muerte del líder del ‘Cártel Jalisco Nueva Generación’. Pero en medio del desconcierto, algunos periodistas ofrecieron miradas complementarias en el lugar de los hechos donde ocurrieron.

Sus testimonios revelan no solo la crudeza de la violencia, sino también el peso –y la ética– de informar en tiempos de riesgo.

Celso Mariño optó por encender una luz en la penumbra. En su conversación en un programa de radio, describió escenas de incertidumbre: maratonistas varados tras la suspensión del medio maratón, visitantes atrapados en el zoológico sin poder regresar a Nayarit, Zacatecas o Aguascalientes, familias sin alimentos ni hospedaje previsto. Restaurantes cerrados, carreteras bloqueadas, personas caminando durante horas en busca de comida. La ciudad, dijo, “no se veía así ni en pandemia”.

Sin embargo, su crónica no se quedó en el inventario del caos. Mariño subrayó los gestos que rompieron el aislamiento: ciudadanos que llevaron alimentos a desconocidos contactados por redes sociales, conductores de camionetas que ofrecieron “aventón” a quienes esperaban un transporte inexistente, vecinos atentos a adultos mayores o familias vulnerables. Para él, la esperanza no es ingenuidad; es solidaridad en movimiento. Su mensaje fue claro: no ceder el espacio público al miedo, recuperarlo con prudencia y comunidad.

En contraste, Elsa Martha Gutiérrez relató la experiencia desde la primera línea de la cobertura de seguridad. Salió a documentar bloqueos y ataques en una ciudad sitiada. Las calles estaban desiertas, pero el riesgo era palpable. Policías y fuerzas federales apuntaban armas; los acordonamientos impedían acercarse; cada decisión debía calcularse. La violencia no solo se vive: también condiciona la forma de reportear.

Gutiérrez recordó que cubrir seguridad nunca ha sido sencillo, pero ahora es más agresivo. Los generadores de violencia y sus entornos actúan sin límites frente a periodistas. Informar implica medir riesgos, trabajar en grupo, evaluar si una imagen o un dato puede desencadenar represalias. Aun así, insiste en que la información esencial no nace de un boletín oficial, sino del terreno, donde se responden las cinco preguntas básicas del periodismo: qué, quién, dónde, cuándo y por qué.

Ha cubierto bloqueos en 2012, 2015, 2022 y ahora 2026. Cada episodio deja tensión y miedo acumulados. No se trata de heroísmo, aclara, sino de responsabilidad. Documentar es garantizar que los hechos –las víctimas, los incendios, el impacto real– no queden diluidos en versiones minimizadas.

Las voces de Mariño y Gutiérrez convergen en un punto: la violencia transforma la ciudad y también el ejercicio periodístico. Uno enfatiza las rendijas de esperanza que surgen entre vecinos; la otra defiende la necesidad de estar en la calle para que la verdad no se pierda. Ambos, desde trincheras distintas, coinciden en que informar es un acto de servicio público.

En tiempos donde el miedo pretende imponerse, el periodismo se vuelve un puente: entre el caos y la comprensión, entre el dolor y la memoria, entre la incertidumbre y la posibilidad de reconstrucción. Porque si la violencia busca paralizar, contar lo que ocurre –con rigor y humanidad– es una forma de resistencia ciudadana y de servicio a los demás, pues hace falta aún, narrar desde las víctimas sus historias.

[email protected] 

jl/I

OCULTAR