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Un país que no se ve al espejo porque se asusta

Con los hechos de la última semana, México parece mirarse en un espejo que no siempre devuelve una imagen clara. Entre epidemias, corrupción, inseguridad, reformas laborales y tensiones políticas, el país vive una mezcla de avances parciales y heridas abiertas que reclaman algo más que discursos: reclaman corresponsabilidad.

Al 12 de febrero se han confirmado 2 mil 919 casos de sarampión en el país, según la Secretaría de Salud. Estados como Jalisco encabezan ahora los registros, desplazando a Chihuahua, mientras en el Área Metropolitana de Guadalajara se mantiene el uso obligatorio de cubrebocas en escuelas. Pero la pregunta es inevitable: ¿estamos reaccionando o previniendo? El cubrebocas ayuda, sí, pero la vacuna es la verdadera solución. El resurgimiento del sarampión revela fallas estructurales en cobertura, logística y confianza ciudadana.

En paralelo, la política nos ofrece escenas desconcertantes. En el municipio de Tequila, mientras un ex alcalde enfrenta proceso por delincuencia organizada y extorsión, la autoridad sustituta niega que tales prácticas existieran. La negación como estrategia no disipa las dudas; al contrario, las profundiza. Cuando los testimonios ciudadanos chocan con la narrativa oficial, la confianza se erosiona.

El panorama se oscurece aún más con el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional, donde México cayó al lugar 141 de 180 países. Aunque el puntaje mejoró ligeramente, la posición descendió. La corrupción sigue siendo el hilo que conecta inseguridad, infiltración criminal y debilidad institucional.

Dentro del partido gobernante, Morena, el libro ‘Ni venganza ni perdón’ –del ex consejero jurídico Julio Scherer Ibarra y el periodista Jorge Fernández Menéndez– ha provocado tensiones internas al denunciar abusos y corrupción en la administración pasada de Andrés Manuel López Obrador. Se descalifica el texto, pero sin pruebas contundentes que disipen las sospechas. Cuando el río suena, la ciudadanía escucha.

México no está inmóvil. Pero tampoco está resolviendo. La sensación dominante es la de un país que avanza con remiendos, mientras los problemas estructurales siguen intactos.

Estos acontecimientos no son sólo noticias: son signos de los tiempos. El resurgimiento del sarampión nos habla de irresponsabilidad compartida. Cuidar la vida es un deber moral; vacunarse no es sólo una decisión individual, sino un acto de amor social.

La corrupción, la inseguridad y la negación de la verdad son heridas que no se curan con propaganda. Se curan con justicia, transparencia y conversión personal. Un país donde el crimen se infiltra en la política y donde la “confusión” cuesta vidas humanas necesita reconstruir la ética pública desde sus cimientos.

La reforma laboral abre una puerta a la dignidad del trabajo, principio central de la Doctrina Social de la Iglesia. Sin embargo, la dignidad no se logra sólo con decretos, sino garantizando que cada trabajador tenga descanso real, salario justo y condiciones humanas.

México vive una hora compleja, pero no desesperanzada. La esperanza ciudadana no es ingenua: nace del compromiso. Si algo revelan estos hechos es que el país necesita ciudadanos vigilantes y creyentes coherentes. Necesita instituciones fuertes, pero también conciencias rectas.

Porque al final, la transformación de una nación comienza en la verdad, se sostiene en la justicia y brota en la solidaridad.

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