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¿A cuál normalidad volvemos?

¿Cuál es la normalidad a la que esperan nuestras autoridades que volvamos? Esta duda surge después de escuchar a muchas personas sobre el miedo que, al retomar las actividades ordinarias después de los hechos violentos del 22 de febrero, se ha convertido en el acompañante permanente.

Este fin de semana, a pesar de que en redes sociales y en sistemas de mensajería circularon las amenazas que advierten de hechos violentos, los habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara intentaron realizar su vida cotidiana, vimos restaurantes llenos, vida nocturna, movilidad en general. Sin embargo, el miedo sigue.

La verdad es que los tapatíos hace muchos años hemos aprendido a convivir con la violencia y sus terribles consecuencias. Homicidios, desapariciones, fosas clandestinas, crisis forense, son parte de nuestra cotidianidad. Esa es la normalidad a la que regresamos.

En algunas charlas de los últimos días pregunté cuáles son las medidas de seguridad que mis amigos y familiares toman. Muchas, en realidad, ya existían antes del 22 de febrero. Las aplicaciones que permiten la ubicación en tiempo real, avisar cuando se sale de un sitio y se llega a otro, los niños ya no pueden jugar en lugares públicos, a menos que sean acompañados por un adulto, no se utilizan las carreteras de noche. Sí, todo esto es parte de la normalidad de los jaliscienses.

A esas precauciones se agregó, en los últimos días, la consulta a las redes sociales, especialmente a las cuentas de medios de información formales o de algunos periodistas que han llevado las coberturas recientes. Nadie, por más curioso que parezca, dice que se informa a través de las autoridades.

Y es que, si algo ha caracterizado la comunicación pública de los últimos días, es el silencio. Sí, nos llaman a retomar la normalidad, pero sin informarnos cómo hacerlo y mucho menos las precauciones que debemos tomar.

Tan solo este domingo circuló a través de mensajerías, especialmente WhatsApp, una advertencia de no salir a la calle. Los hechos registrados en la avenida López Mateos, donde un auto fue agredido a balazos y se colocaron los llamados ponchallantas, le dieron fuerza a esa versión. Esto, sumado a las medidas de seguridad en torno a la funeraria ubicada sobre la calle Gigantes y en torno al recinto de La Paz, que finalmente se confirmó eran los servicios funerarios de Nemesio Oseguera Cervantes. Ante todo esto, nuevamente la autoridad guardó silencio.

Y no es que esperemos un comunicado oficial de lo que ocurría en esos sitios, pero al menos se pudo informar a la población de los puntos de la ciudad que podían evitarse o incluso de las rutas de transporte público que hacia el oriente tuvieron que cambiar su derrotero.

Porque de esta forma, la normalidad a la que nos piden que regresemos no es la de una ciudad que se pueda ocupar de manera segura, sino la de ese sitio en el que sabemos que tenemos que cuidarnos y estar siempre alertas. Las deficiencias en la comunicación pública de Jalisco son cada vez más evidentes y, lo peor, con cargo a nuestra tranquilidad.

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jl/I

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