Las palabras siempre me han revoloteado en la cabeza.
Siempre estoy intentando afinar esa palabra que se me atora en la punta de los dedos, en la orilla de la lengua, en la profundidad de la mente.
Unas ocasiones se sienten como abejas que zumban con intensidad; otras, maduran de a poco, como una oruga que después se hace pupa, esperando paciente para convertirse en mariposa; algunas son como una parvada al atardecer y a veces entran en brumación, como un reptil en pleno invierno.
Pero también esas palabras suelen ahogarme. Me hundo en fango de sinónimos, me jala al fondo la desesperación de encontrar la palabra exacta para explicar un fuego que me quema, un respiro que ansío con cada poro, el pensamiento que me devora durante toda la noche, creyendo que, entre mejor escoja eso que quiero decir, con un término preciso y adecuado, va a ser más sencillo que los demás me entiendan, que no tenga que traducir cada sentimiento, cada imagen que se ancla a eso que llaman alma.
A veces corrijo y corrijo y corrijo ese mensaje que quiero mandar, esa frase que anhelo decir, y aun después de haberlo enviado, haberlo dicho, vuelvo a revisar si esto o aquello podría haber sido mejor. Pero no hay garantía y, en cambio, sí hay cansancio.
Ese cansancio de medir, de sobrepensar, de revisar, como si eso me hiciera más digna de admiración, de cariño, de aprecio, de compañía, de amor.
¿Dónde, me he preguntado, puedo apagar mis palabras?
Hay pocas personas donde he podido descansar últimamente. Personas que no juzgan lo que escribo, lo que digo, lo que pienso. Que abrazan mis palabras con ternura y compasión.
¿Qué sería de mí misma, me he preguntado, si me quedara sin mis palabras?
Hay quienes se expresan con pintura, con música, con ciencia, con baile. Ahí encuentran su idioma, su libertad, sus vidas y sus muertes.
Yo no tengo (y a veces siento que no soy) más que mis palabras. Pero a la vez quisiera no tenerlas y abandonarme al silencio, a la inocuidad, al abismo.
Cuando escucho una canción, leo un libro o veo una película encuentro casi siempre una frase, un texto que me causa genuina envidia intelectual. Que me maravilla de forma tal que deseo haber, en un mundo paralelo, sido yo quien la dijo, la escribió, la pensó. Y me puedo quedar allí instalada, observándola, como se ama a aquello que se anhela y que no es propio, sino un préstamo que en algún momento se olvidará.
A mí en algunas ocasiones me gustaría parecerme a las palabras “llovizna”, “menguante”, “amainar”, “sublimar”. Ser “barlovento”, soñar en “tecnicolor”, besar como “incendio”, amar en “rebelión”, llorar hasta “desollar”, vivir en “inmensidad”.
Tal vez por eso, debo reconocer que con injusticia, de pronto espero que los demás entiendan y se comuniquen en mi mismo lenguaje. Que sus palabras me acompañen como las mías lo harían, que me cuiden como las mías buscan ser cuidadosas.
Pero hay otra verdad. Cuando las palabras ya no me bastan, lloro. Y en mi cabeza, como en una caricatura, cada gotita salada que sale de mis ojos tiene letras y forman textos. Y entonces he ido por ahí, llorando “te quiero”, “no quise lastimarte”, “te extraño”, “quédate en mi vida”, “ya no puedo más”, “tengo miedo”, “estoy cansada”, “ojalá pudieras notarme”, “nunca basta”, “te amo”, “no te vayas”, “me duele”...
A mis 44 años, en una revelación, descubrí estos días que tengo dos idiomas: las palabras y las lágrimas. Y no pocas veces brotan al mismo tiempo, como si ello fuera garantía de leerme.
De entenderme.
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