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Insomnio

Son casi las cinco de la madrugada. Me despierta el viento justo antes de que comience la lluvia. Vuelvo a acostarme y aparece una pregunta en mi cabeza, de esas dudas mitad filosóficas mitad emocionales: ¿de dónde viene el sentimiento de soledad?

Me refiero a ese vacío hondo en el pecho, a esa sensación de que hay un agujero oscuro dentro de mí cuya única finalidad es devorarme. Sí, eso es la soledad, pienso. Pero también me imagino que para cada persona tiene una forma distinta, un ardor diferente, una punzada en otra parte del cuerpo que no sea necesariamente el pecho, sino el estómago, la garganta, las manos incluso.

Queremos importarle a alguien. Queremos que alguien nos quiera, nos vea. Y, sí, mi psicóloga diría que esa valía debe venir desde dentro, ¿pero no es acaso humano quererse sentir acompañado, con la certeza de que somos alguien bajo la mirada de ese otro que nos importa?

Pasaron 10 minutos y la lluvia no fue lo que el viento anunciaba. Caen apenas unas gotas. Ni siquiera ha sido necesario cerrar las ventanas. Qué ciudad tan callada, pienso. ¿La gente antes, en otra configuración de Guadalajara, en otros trazos, se sentía menos sola? ¿Hay, tal vez, un componente urbano en ese sentimiento? No sé si mis abuelos, que crecieron en aquel pueblo de la Sierra Madre Occidental, se sentían menos solos. Tal vez la comunidad los hacía sentir acompañados, vistos, escuchados. Pero nunca lo sabré.

¿Y qué pasa cuando juntamos nuestra soledad con la de otra u otras personas? Sí, en términos estrictos dejamos de estar solos, pero a veces nada más nos acompañamos desde el mismo dolor, la misma cicatriz, la misma quemadura.

¿Pero no podría ser ese un matiz del amor? Tener la valentía de sentarse junto a otro, de pararse frente a otra y decirle: oye, acompáñame; sé que tú también tienes algo roto, sé que tú también tienes una pena indecible, pero podemos tomarnos de la mano, vernos a los ojos, abrazarnos, respirar al unísono e intentar (porque a veces apenas es eso, un intento) atravesar este camino tan lleno de penumbra y de silencio sabiendo que estás allí.

Cinco y media de la mañana. Ya no llueve. Ya se escuchan voces en la calle, autos que se estacionan, los vecinos abriendo el cancel para irse a comenzar sus actividades del día.

¿Cuántas soledades existen? Pienso ahora en que hay algo de vergüenza en admitir que nos sentimos solos. Como si un fracaso nos rondara las espaldas. ¿Cuántas veces les hemos preguntado a quienes nos rodean si se sienten solos? Si la soledad que los machaca es como un latigazo, espontáneo y fugaz, o como un sendero poco iluminado que atraviesas con cuidado de no pisar piedras, de no tropezar, de no rasgarte la piel con las ramas, o tal vez como estar debajo del agua, en ese silencio ficticio donde los ruidos se escuchan lejanos, distorsionados, huecos, mientras nosotros sacamos el aire por la nariz y vemos cómo ese soplo de vida se nos hace burbujas alrededor.

Quisiera volver a dormir. Cerrar los ojos y no sentir.

***

A las nueve de la mañana la ciudad está viva y húmeda. Pienso en las personas que tienen mi cariño. Pienso en si ya habrán desayunado, tomado café. Si ya estarán en el trabajo y la escuela. Si habrán comenzado a solucionar sus problemas del día. En cómo habrán dormido.

¿Cómo te sientes hoy?, quisiera preguntarles. Quisiera que supieran que las quiero. Que pueden tomarme de la mano, pedirme un abrazo, verme a los ojos, y yo las acompañaré sin juicio.

Porque tal vez solo así podamos sobrevivir otro mundano día, como este en el que el viento que presagiaba lluvia solo nos trajo insomnio…

Saber que, aunque esa soledad exista, alguien, en algún lado, nos piensa.

Nos ve de verdad.

 

X: @perlavelasco

 

jl/I

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