No sé. La pregunta es por demás complicada de contestar y aún más hacerlo con certeza. Me arriesgo a decir algo inspirado en dos lecturas. La recomendable novela de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga, ‘La muerte contada por un sapiens a un neandertal’ y las columnas de Hernán Gonzáles G., ‘Aprender a morir’, que publica periódicamente en el diario ‘La Jornada’. No recuerdo cuando empecé a leer su columna, pero ya soy su atento seguidor. Espero que Hernán, a quien no tengo el gusto de conocer, no esté frustrado porque cumplir el objetivo que enuncia el nombre de su columna resulta sumamente embarazoso.
Los mexicanos, sobre todo los hombres, nos jactamos de jugar con el tema de la muerte y no temerle. Sin embargo, cuando nos sentimos cerca de ella todo cambia. Claro que nos asusta encontrarnos con ella. Por ello me parecen atinadas estas dos lecturas. Sería magnífico aprender a aceptar la muerte y más aún que pudiéramos hacerlo dignamente. Nos convendría aprender, no sin dolor, a dejar ir a nuestros seres queridos y que los médicos, los hospitales, las funerarias y la industria farmacéutica, dejen de hacer negocio con nuestros cuerpos y nuestra mente ya en mal estado. Que nos dejen partir cuando es mucho el sufrimiento y está claro que nada se puede hacer para seguir en este mundo de manera natural.
Obvio que es un tema polémico y más porque se empalma con cuestiones religiosas, éticas y morales. Ya saben, la Iglesia católica no cejará nunca en su pretensión de administrar y normar nuestra vida y muerte. Y, por si fuera poco, algunos de nuestros gobernantes y representantes populares, influenciados por su religión o por su interés partidario, no atienden la demanda presentada por Samara Mertínez, enferma de lupus e insuficiencia renal en estado terminal, para aprobar la eutanasia (ley trasciende) que permitiría una muerte digna a quien así lo decida.
Todos en nuestro trayecto de vida hemos asistido a alguno o varios funerales. Yo, cada vez que lo hago enfrento el problema de qué palabras decir como pésame. Cuando me ha tocado ser el doliente, he notado que todos se turban y no atinan que decir, pero, igual que yo, todos nos sentimos obligados a “parlotear” algo.
El funeral más reciente al que he asistido es el de Rossana Reguillo, hace pocos días. Tuve con ella una intensa y estrecha relación durante varios años, después de las explosiones del 22 de abril de 1992. Ella falleció el 25 de abril y cuando en la funeraria me encontré y abracé a Jabaz, su esposo, volví a tener la duda de qué decirle más allá del clásico “lo siento mucho”.
Después de ello, he leído dos columnas de Hernán González, las del 27 abril y el 11 de mayo, y he aprendido algo importante que, procuraré en adelante asumirlo como consejo. Usted verá si le agrada. Yo no diré una sola palabra. Solo saludaré y abrazaré, en silencio, a la persona en estado de tristeza y luto. El silencio, dice Hernán, “es más elocuente de lo que pensamos”.
jl/I









