El Mundial 2026 es mucho más que futbol. El encuentro deportivo que une al mundo con un balón está cada vez más cerca y ha obligado a las ciudades sede a mejorar su imagen con obras e infraestructura; pero más allá de la estética que se quiere mostrar a los visitantes, como entidad hay temas de fondo mucho más importantes y que no tienen que ver con el deporte.
En días pasados, la Unicef y el gobierno estatal presentaron la campaña ‘Tarjeta Azul’, una iniciativa en la que unen esfuerzos equipos de futbol, cadenas hoteleras, aerolíneas y compañías de transporte por plataforma digital para vigilar la integridad de niñas, niños y adolescentes, ya que durante eventos internacionales como la Copa del Mundo se disparan los índices de turismo sexual infantil.
Si ya es una problemática delicada en nuestro país, hay otra con más víctimas durante los partidos: la violencia doméstica. Cuando creíamos que las agresiones se vivían sólo en los estadios, entre aficionados en las tribunas o a nivel de cancha entre los jugadores, estamos perdiendo de vista al mayor número de potenciales agresores: esos espectadores que siguen los encuentros deportivos desde la comodidad del hogar. De acuerdo con la FIFA, la Final del Mundial 2022 fue seguida por cinco mil millones de personas; dos mil 900 millones lo hicieron a través de la televisión.
La violencia durante los partidos de futbol es medible. De acuerdo con la Unicef, cuando el equipo favorito pierde, aumenta en 34 por ciento el número de llamadas a las líneas de emergencia; sorprendentemente, incluso cuando el equipo gana, las llamadas también incrementan hasta en 26. ¿En qué radica la falla?
La euforia futbolera no se vive en cualquier deporte y es un proceso en el que los neurotransmisores controlan la conducta. La actividad neuronal cambia con el resultado del partido: las victorias estimulan el sistema de recompensa y la satisfacción con un pico de dopamina y serotonina, mientras que las derrotas liberan adrenalina y cortisol, sustancias que mantienen al cuerpo en alerta y generan estrés. Tanto a nivel social como neurológico, un partido de futbol altera a los individuos y, si a la ecuación se le suma el consumo de alcohol y otras sustancias, el resultado casi siempre será negativo.
Hace unos años, el Banco Interamericano de Desarrollo publicó un estudio realizado por Luciana Etcheverry y Natalia Tosi sobre los picos de violencia durante los partidos mundialistas, y los resultados fueron lamentables: sin importar quién gane, las que pierden son las mujeres y los niños vulnerables bajo el mismo techo de un fanático violento.
Durante el Mundial de Qatar 2022 se viralizó el video de un aficionado de la selección mexicana que, al ver que su equipo fue eliminado por Argentina, golpea y acuchilla la pantalla de televisión. La acción fue recompensada con millones de reproducciones y no era más que una muestra de violencia que no recibió reproche alguno. Ese adulto que gritaba, lloraba y llevaba un cuchillo en la mano no fue denunciado; así es como se normaliza la violencia.
El fanatismo se forja desde la infancia. De los adultos depende la experiencia que se hereda a los niños, así como las herramientas para desarrollar inteligencia emocional. En este Mundial, la tarjeta roja se saca en la cancha, pero afuera depende de nosotros proteger a la niñez con la tarjeta azul.
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