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El ‘burnout’ también se materna

“Mala madre” es un concepto tan complejo que, en los últimos años, se ha identificado cada vez menos como una crítica y cada vez más como la autopercepción de muchas mujeres que, en el ejercicio de la crianza, creen que no hacen lo suficiente.

Pero, ¿quién decide cuánto es suficiente? ¿Quién califica su desempeño? Ninguna madre viene con un manual incluido; los hijos tampoco. Conocido cantante diría que “no basta” intentarlo todo cuando de criar a los hijos se trata, menos cuando lo que falta es tiempo de calidad, y eso mantiene a muchas madres al filo del ‘burnout’ parental.

Esa despersonalización, agotamiento emocional o insatisfacción crónica que experimentan muchas personas en el entorno laboral tiene nombre: ingresó en 2022 a la clasificación de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud y afecta aproximadamente al 10 por ciento de los trabajadores. Pero también les ocurre a muchas madres que dividen su día entre una jornada laboral y otra dedicada al cuidado de los hijos en casa.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo publicada en octubre del año pasado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México, las mujeres que dedican 40 o más horas a la semana al trabajo remunerado invierten entre 23 y 31 horas adicionales en el trabajo del hogar, y destinan nueve horas más que los hombres al cuidado de menores de cinco años.

Imaginemos el escenario: si una mujer tiene una jornada laboral completa y, al llegar a casa, inicia otra jornada igualmente demandante al cuidado de los hijos y del hogar es comprensible que llegue un punto en el que el agotamiento la haga sentir que lo que hace no es suficiente, y surjan problemas de desconexión. 

Ya lo decía Rosa Montero en su libro ‘La loca de la casa’, cuando describía a su hermana Martina como una mujer todoterreno que cuidaba de sus tres hijos: llevaba la casa con un orden militar, cocinaba como un chef galardonado con estrellas Michelin y era eficiencia pura en su trabajo; mientras que la escritora y periodista española –y siendo mellizas– corría por la vida como si le hubieran robado un día del calendario y ni siquiera tenía hijos. Hay mujeres que quieren hacerlo todo, hay mujeres que pueden hacerlo y hay mujeres que no; y también está bien.

Maternar es crear un vínculo con los hijos, construir cimientos y dar una respuesta afectiva a sus necesidades; es presencia y entrega. Y, en el intento, es posible sentirse superada por la autoexigencia y autopercibirse como “mala madre”: salir mal peinada y a toda prisa a dejarlos en la escuela, correr al trabajo y, más tarde, regresar para acompañarlos en casa, con la sensación de que pudo hacerse mejor, pero con la certeza de que faltan horas en el día.

Sin embargo, esas mujeres son las que dedican todo su esfuerzo a una crianza positiva, a romper ciclos, a promover la disciplina y a procurar su autocuidado para poder cuidar de otros dentro de una red de apoyo. Y si en el proceso parecen egoístas es que están haciendo bien su trabajo: también están enseñando a sus hijos a gestionar sus emociones y a poner límites, como parte del desarrollo de su inteligencia emocional. Así son las “malas madres”.

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