Terminó el 2025. Ya es historia. Inició 2026 con cuetes, abrazos, fiestas, brindis y muchísimo optimismo, buena voluntad. Como sea es un nuevo ciclo de vida, alguno jóvenes entran en una nueva etapa de desarrollo, arranque de semestre para los académicos, comienzos de los indicadores anuales en las instituciones, en fin, este inicio nos pone en una perspectiva hacia un futuro deseable.
Para los numerólogos el año por sí mismo en la suma de sus dígitos marca ya una intención. Podría bien ser sólo una pauta para que, en la vida terrenal, en el quehacer cotidiano llevemos la voluntad de crecer en la prosperidad y los buenos deseos escuchados y pronunciados en el momento del brindis y la celebración, marcando en el ritual del ciclo anual venidero, ahora en curso.
La intención, un tema estudiado por la ciencia moderna (L. McTaggart 2007), hace referencia incansable con múltiples investigaciones minuciosas sobre cómo el cerebro humano es capaz de influir en la realidad tangible, palpable, medible. Actualiza los estudios que Jacobo Grimberg Zimberman dejó para dar cuenta de la integración, no sólo de mente-cuerpo, también de la materia influida por la mente humana. Grimberg postula que la realidad que percibimos es una construcción de nuestra mente, resultado de la interacción entre nuestro cerebro y un campo energético universal llamado Latice. (Grimberg 1980).
Más allá de teorías científicas complejas y de las neurociencias que también dan cuenta de cómo el cerebro humano es factible de generarse sus propias enfermedades y su salud, es en este inicio de ciclo anual identificar cuál será tu intención de transitar el 2026. Bajo las premisas más elementales de ensayo y error, muy conductuales, hasta las complejas, como las mencionadas atrás, ¿Cómo te propones evolucionar en el 2026?
En un ejercicio muy simple, haz este pequeño estudio, ¿cuántas personas en tu entorno inmediato ya se quedaron sin fondos económicos para iniciar enero? Te sorprenderás. Nuestra cultura es de fiesta, de placer inmediato, de postergar los compromisos. Gestionar la felicidad implica tener un propósito claro de vida (M. Csikszentmihayi 1990). La atención se pierde, se dispersa muy fácilmente cuando el objetivo de vida está desvanecido, endeble.
Aprender de las experiencias de vida por amargas, dolorosas que hayan sido del ciclo anterior, implica una lógica básica y pragmática: si no te dio los resultados esperados, haz algo diferente. (G. Nardone 2022). A. Einstein es más radical: decía que hacer insistentemente lo mismo, esperando resultados distintos, eso es locura.
Como sea, este año y todos los años, bajo la premisa de ser un inicio de ciclo, invita a cambiar. Sí, claro, son como las campanadas a misa, va el que quiere. Capitalizar lo aprendido podría significar madurez, crecimiento, evolución y muy posiblemente aporte para un mundo mejor. Un ejemplo sencillo es como en el Covid 19 aumentaron exponencialmente los contagios; sí, por supuesto, pero también los divorcios. La intolerancia que, ¡ni modo que no!, ocurrió en los pasados convivios familiares marca una pauta, una posibilidad, un poquito, no mucha introspección, para capitalizar lo aprendido e intencionar el porvenir, dijeran nuestros ancestros. Ahora los postmodernos decimos la prosperidad.
Intencionar el año, en lo material y lo interpersonal, tal cual, con la devoción de vivir internamente tu propia misa, confesión, y también tu penitencia en aprender para un entorno más saludable, aportarán a una mejor salud mental y un entorno de tolerancia y paz interior.
NH/I









