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Precarización femenina

La transformación digital del trabajo suele celebrarse como una oportunidad para democratizar el empleo, flexibilizar horarios y ampliar el acceso a los mercados laborales. No obstante, esta narrativa ignora un aspecto central: la digitalización no es neutral al género. Por el contrario, está reproduciendo y profundizando las desigualdades estructurales que históricamente han precarizado la inserción laboral de las mujeres.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las mujeres representamos cerca de 58 por ciento del empleo informal a nivel mundial, una proporción que se mantiene elevada en la economía digital. El crecimiento del trabajo en plataformas –reparto, servicios domésticos, atención al cliente, microtareas– ha generado nuevas oportunidades de ingreso, pero también ha consolidado formas de empleo altamente precarizadas, caracterizadas por ausencia de contratos, falta de seguridad social y dependencia de algoritmos opacos. La OIT estima que más de 70 por ciento de quienes trabajan en plataformas digitales carecen de acceso a protección social, una situación que impacta de manera desproporcionada a las mujeres, especialmente a madres y jefas de hogar.

La automatización también tiene un impacto diferenciado por género. De acuerdo con la OCDE, los empleos con mayor riesgo de automatización se concentran en sectores administrativos, de servicios y comercio, áreas altamente feminizadas. A esto se suma que las mujeres tenemos menos probabilidades de acceder a programas de reconversión laboral en tecnologías digitales. Datos del Foro Económico Mundial muestran que solo el 28 por ciento de los empleos en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) están ocupados por mujeres, lo que limita su capacidad de insertarse en los sectores mejor remunerados de la economía digital.

La exclusión se agrava por la persistente brecha digital de género. La Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) señala que, a nivel global, las mujeres tenemos 17 por ciento menos de probabilidades de utilizar Internet y menor acceso a habilidades digitales avanzadas. Esta desigualdad no solo restringe el acceso al empleo remoto o tecnológico, sino que refuerza una segmentación laboral donde las mujeres quedamos confinadas a tareas digitales de baja remuneración y escaso reconocimiento.

Además, la digitalización del trabajo interactúa con una carga estructural que sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres: el trabajo de cuidados no remunerado. La OIT calcula que las mujeres realizamos más de 75 por ciento del trabajo de cuidados a nivel mundial, lo que limita nuestra disponibilidad para empleos de tiempo completo o procesos intensivos de capacitación digital. Así, la supuesta flexibilidad del trabajo digital se convierte, en muchos casos, en una trampa que combina doble jornada, ingresos inestables y ausencia de derechos.

El uso de algoritmos en procesos de contratación y evaluación laboral plantea riesgos adicionales. Estudios recientes han demostrado que estos sistemas tienden a reproducir sesgos de género presentes en los datos históricos, penalizando trayectorias laborales interrumpidas –frecuentes entre mujeres– y reforzando criterios masculinizados de productividad.

En síntesis, la transformación digital, lejos de cerrar brechas, está consolidando una nueva arquitectura de la desigualdad laboral, donde las mujeres asumen los mayores costos de la flexibilidad, la automatización y la desregulación. Sin políticas públicas orientadas a la corresponsabilidad de cuidados, la formación digital con enfoque de género y la regulación del trabajo en plataformas, la digitalización corre el riesgo de convertirse en un nuevo rostro de la precarización femenina, más sofisticado, pero igualmente excluyente.

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* Doctora en Derecho

 

NH/I

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