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Maltratos en la educación de los menores

Muchos padres de familia, tutores y maestras/os no conocen y no alcanzan a comprender que las niñas, los niños y las y los adolescentes por naturaleza son inquietos y que están en etapas de desarrollo físico, cognitivo, motriz, moral, afectivo, sexual y social y, en consecuencia, es normal que presenten actitudes, ideas y comportamientos que se pudieran entender como ilógicos, inadecuados, irresponsables, desafiantes y, finalmente, inaceptables. Esa lectura en muchas ocasiones se debe a que no han estudiado la psicología del desarrollo para educar y acompañar adecuadamente a sus hijas/os, y luego, sin ese conocimiento y sin una actitud preventiva, atienden esas manifestaciones con violencia.

De hecho, muchas/os de ellas/os además están convencidas/os de que “es mejor una nalgada a tiempo para no lamentarse después”. Muchas/os de ellas/os argumentan de que sus padres así los educaron y así funcionaba bien, sin entender que la realidad de hoy es muy distinta. En la mayoría de los casos se trata de pegar a los niños (dar manotazos, bofetadas o palizas) con la mano o con algún objeto (un azote, una vara, un cinturón, un zapato, una cuchara de madera, etc.), pero también puede consistir; por ejemplo, en dar puntapiés, zarandear o empujar a los niños, arañarlos, pellizcarlos, morderlos, tirarles del pelo o de las orejas, obligarlos a ponerse en posturas incómodas, causarles quemaduras u obligarlos a ingerir alimentos hirviendo u otros productos. 

Hay otras formas de castigo que no conllevan maltrato físico, pero que pueden ser igualmente crueles y degradantes; por ejemplo, castigos en que se menosprecia, se humilla, se denigra, se amenaza, se asusta o se ridiculiza al niño.

Las evidencias nos demuestran que las consecuencias de esos maltratos en las/os menores pueden ser:

Lesiones graves, discapacidades o la muerte

Problemas de salud mental, en particular trastornos del comportamiento o por ansiedad, depresión, desesperanza, baja autoestima, conductas autolesivas, intentos de suicidio, dependencia del alcohol y las drogas, hostilidad e inestabilidad emocional que persisten posteriormente

Retraso del desarrollo cognitivo y socioemocional

Efectos negativos en la educación escolar

Una mayor frecuencia de comportamientos antisociales, agresivos y delictivos

Daños físicos indirectos (propensión al cáncer, problemas relacionados con el consumo de bebidas alcohólicas, migrañas, enfermedades cardiovasculares, artritis y obesidad) que persisten en la edad adulta 

Y un deterioro de las relaciones familiares.

Hoy hay formas amorosas, eficaces y no violentas para prevenir y atender esas actitudes y comportamientos cuestionables y para promover y estimular actitudes y comportamientos adecuados.

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jl/I

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