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Candil de la calle

Andrés Manuel López Obrador es un político sui generis: su trayectoria, su destreza política, su capacidad para mantenerse vigente, sus obsesiones, su obstinación y su estilo personal de gobernar lo colocan en un lugar especial respecto de cualquier otro personaje que haya transitado por la Presidencia de la República en tiempos recientes. 

AMLO genera tanto odio como devoción e indudablemente sigue siendo el motivo de la mayor parte de conversaciones y disputas políticas en México, ya sean públicas o privadas. Su popularidad se mantiene arriba del 60 por ciento y eso podría ser uno de los principales problemas de su gobierno, pues a juzgar por los números, los resultados no han sido los esperados, pero él mantiene el reconocimiento de la gente. 

Andrés Manuel es y seguirá siendo impredecible. La dualidad ha sido una constante en estos tres años de gobierno y, quizá, desde que militó en la oposición. Lo mismo concreta discursos y acciones coherentes, que tienen sentido con la realidad del país y que reflejan los anhelos de millones de mexicanas y mexicanos, que verdaderos monumentos a lo absurdo y, en ocasiones, a lo grotesco. 

Fiel a su estilo –en menos de una semana–, el presidente nos llevó del cielo al infierno. Primero nos regaló una gran intervención en la IX Cumbre de Líderes de América del Norte. Ahí frente al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, mantuvo una actuación y un discurso ecuánime, estructurado y de altos vuelos. Mostró destreza y logró colocar su agenda en una mesa que no pintaba nada bien para él. Al final se salió con la suya y le alcanzó para lograr momentos de cercanía y empatía con Joe Biden. 

AMLO fue al encuentro con otra encomienda muy clara, quitarse la sombra de caudillo comunista, esa que la oposición mexicana y algunos medios estadounidenses han utilizado para compararlo con Chávez, Maduro o Castro y por eso optó por presentar un discurso a favor del fortalecimiento de la región contra China: “no olvidemos que mientras Canadá, Estados Unidos y México representamos 13 por ciento del mercado mundial, China domina 14.4 por ciento y este desnivel viene de hace apenas 30 años”, señaló. Esto y el reconocimiento de EUA a los once millones de mexicanos que viven allá fueron los logros más visibles de la visita. 

Sin embargo, el estadista que había logrado el reconocimiento de críticos internacionales y de personajes nacionales como Ciro Gómez Leyva, Ricardo Anaya y el propio Diego Fernández de Cevallos se volvió a perder en su laberinto y soltó, de la noche a la mañana, un decretazo que volvió a encender las alarmas del autoritarismo, la opacidad y la discrecionalidad. 

El Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai) expresó su preocupación y anunció que prepara una controversia constitucional ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en contra de este acuerdo presidencial que intenta blindar los megaproyectos al convertirlos en obras de interés público y de seguridad nacional, y determinó ejercer este control para evitar que se reserve la información relacionada con estos proyectos y obras. 

El asunto no es menor, AMLO podría estar transgrediendo el artículo 6º de la Constitución que garantiza el acceso del público a toda la información que implique a cualquier autoridad, entidad u órgano que ejerza recursos públicos, lo que sin duda implica un retroceso de décadas. 

Así, AMLO pasó de ser –en menos de una semana–, un estadista equilibrado y con visión, a un político caprichoso que intenta controlar de forma discrecional y a su antojo el aparato gubernamental. El candil que vimos en Washington se transformó en oscuridad y cerrazón en cuanto llegó a Palacio Nacional, una metamorfosis que da oxígeno a la versión que la oposición y sus críticos quieren imponer sobre él. 

juanluishgonzález@gmail.com

jl/I