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Nudo gordiano

La advertencia de Donald Trump contra los países que “ayuden al régimen cubano” ha sido leída en México como un nuevo acto de arrogancia imperial. Reducir el problema a la clásica dicotomía entre soberanía y sumisión oculta una verdad más incómoda: en Cuba, la ayuda humanitaria no es neutral ni libre; es, inevitablemente, política.

Estados Unidos no ha prohibido legalmente que México ayude a Cuba. No existe norma internacional alguna que lo impida. Lo que Trump ha desplegado es un instrumento de coerción económica -aranceles, sanciones, represalias- destinado a elevar el costo de cualquier apoyo externo a La Habana. El problema comienza cuando México responde invocando la “ayuda humanitaria” como si se tratara de un terreno incontestable, éticamente puro y políticamente inocuo.

En Cuba no existe sociedad civil autónoma capaz de recibir, distribuir o auditar ayuda. No hay ONG independientes, no hay organizaciones ciudadanas legales, no hay iglesias con plena libertad operativa. Toda ayuda que entra a la isla -alimentos, medicinas, insumos- pasa inevitablemente por el aparato del Estado, por sus empresas, sus ministerios o sus fuerzas armadas. El gobierno decide quién recibe, cuándo y bajo qué condiciones.

En ese contexto, hablar de ayuda “directa al pueblo cubano” es, en el mejor de los casos, una aspiración; en el peor, una ficción conveniente. La ayuda se politiza. Se distribuye selectivamente, se utiliza como mecanismo de control social, se presenta como logro del régimen o se convierte en moneda de lealtad. No porque la ayuda sea mala en sí misma, sino porque un Estado autoritario cerrado no permite otra cosa.

Aquí emerge el dilema que el discurso oficial mexicano evita nombrar: ayudar puede aliviar el sufrimiento inmediato y, al mismo tiempo, reforzar un gobierno autoritario que lo produce. Negar ayuda castiga a la población; ayudar sin condiciones fortalece al Estado.

La respuesta del gobierno mexicano -reducir los envíos de petróleo y mantener la ayuda humanitaria- es un intento de equilibrio. Pero ese equilibrio es frágil mientras no se explique cómo se evitará la captura política de la ayuda. Sin mecanismos de verificación, sin observadores independientes, sin canales no estatales, la ayuda corre el riesgo de convertirse en apoyo indirecto al régimen.

México podría intentar internacionalizar la asistencia, canalizarla a través de organismos multilaterales con estándares mínimos de monitoreo, focalizarla en hospitales o grupos vulnerables específicos. Aun así, el control final seguiría en manos del Estado cubano. Un auténtico nudo gordiano (Gordio, rey de Frigia, ataba al yugo la lanza de su carro, con tal artificio que era imposible desatar).

El error no está en ayudar, sino en sobreactuar la superioridad moral sin reconocer los límites de esa ayuda. Cuando la política exterior se refugia en consignas humanitarias sin discusión operativa, se vuelve vulnerable. México no puede fingir que su ayuda ocurre en el vacío, libre de instrumentalización política. En regímenes cerrados, la ayuda humanitaria nunca es completamente humanitaria.

El desafío para México no es resistir la presión de Trump con discursos altisonantes, sino sostener una política exterior honesta, capaz de reconocer contradicciones, asumir costos y evitar que la solidaridad se convierta en coartada. El reto para México es cómo cortar este nudo gordiano y evitar que se convierta en un auténtico nudo ciego.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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