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Seguir en el camino sin fin

No podemos evitar entretenernos en pensar qué pasará con las mujeres –y con el resto de las minorías ya tratadas como ciudadanas de segunda categoría– cuanto más nos acerquemos al colapso del mundo tal como lo conocemos.

En la ciencia ficción, género dedicado a imaginar justamente el futuro y, por lo tanto, el fin de los seres humanos con las sociedades que han construido, ese futuro siempre es fatal. En las historias del futuro, sobre todo de las autoras –Margaret Atwood, Octavia Butler, Ursula K. Le Guin, por mencionar solo algunas–, el horizonte es casi siempre un trágico agudizar de las desigualdades visibles e invisibles que enfrentamos. El control y la instrumentalización de los cuerpos y sus fines reproductivos, al servicio de sistemas más crueles y calculadores, son la constante en las más famosas historias de este tipo, así como la enloquecedora búsqueda del sentido, la solidaridad y el escape.

Este mes leí, afortunadamente, la propuesta de un mundo futuro que cambia la perspectiva del papel de las víctimas de estos sistemas postapocalípticos, ‘Yo que nunca supe de los hombres’, de Jacqueline Harpman. Una obra que logra su objetivo crítico y reflexivo a través de su brutal sencillez; su autora renuncia absolutamente a explicar los detalles de su escenario ficticio para centrarse en el dilema diminuto de la última sobreviviente de su tierra en ruinas.

La trama del libro comienza en un búnker subterráneo donde cuarenta mujeres viven enjauladas, vigiladas por guardianes mudos que jamás las tocan, las miran o les contestan preguntas. Nadie sabe por qué están ahí. No las hacen trabajar, no producen nada; solo las mantienen vivas en una rutina enloquecedora en la que pierden hasta la noción del tiempo, de sí mismas y de su aspecto. No están ahí con fines reproductivos. No son violentadas. Se les prohíbe hablar demasiado entre ellas, se les prohíbe correr y se les prohíbe hasta el más mínimo atisbo de privacidad.

Ha pasado tanto tiempo que ninguna de las mujeres tiene respuestas sobre la razón por la que están ahí, ni cuánto tiempo más pasarán juntas en ese hacinamiento que solo les permite seguir vivas. Entre ellas está la narradora, la más pequeña de las mujeres, la única que no posee recuerdos del “mundo de antes” y, por ende, la única que no sufre por la nostalgia de lo perdido. Tras años de una rutina estéril y deshumanizada, un evento fortuito les permite escapar, solo para descubrir un exterior devastador: un planeta de llanuras infinitas, silenciosas y vacías, donde la libertad se convierte en una nueva forma de aislamiento.

El gran meollo del libro ocurre en la búsqueda que emprenden sin éxito para encontrar a otros seres humanos, y que pronto se transforma en una procesión fúnebre a través de un paisaje que parece haber olvidado la vida en la que crecieron, amaron y se hicieron adultas. Así se va acabando el tiempo. Sin muchas pistas de nada. Condenadas al mismo paisaje sin final.

Es en los detalles más sencillos de la protagonista y de las compañeras que caminan con ella al principio de su travesía donde se encuentra, según mi perspectiva, una verdadera forma de esperanza: en las decisiones de cooperación sin cuestionamientos, en el consenso de la búsqueda aún frente a la imposibilidad de encontrar un mundo o un destino distintos.

Hasta el final, el libro está lleno de momentos siniestros y desesperantes, en donde la única forma de “estar” de la protagonista –que nunca tuvo la menor oportunidad de vivir otra forma de vida más abierta al placer y a la compañía que nos provee el amor y las relaciones– es caminando con la esperanza de escapar de su destino.

En este dispositivo diminuto hay muchas reflexiones sobre el presente. Estamos, parece, condenados a repetirnos en esta rueda sin fin de monstruosidades. La crueldad en el mundo no se apaga; los sistemas siguen oprimiendo y manteniendo débiles y desprotegidas a las que menos tienen y, a pesar de nuestra esperanza y de nuestra resistencia, el horror se repite como en un ciclo cruel.

Lo que nos queda, a pesar de todo, es –como la pequeña– seguir caminando para encontrarnos con los otros al dintel de la puerta de un mundo diferente, mejor.

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jl/I

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