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Sobre ‘Hamnet’ 

Me conmueve muchísimo pensar en cuán diminutos somos los humanos, y en cómo seguimos pensando y creando cosas hermosas a partir de algo que un señor escribió hace más de 200 años.

Esta semana fui a ver Hamnet al cine, una película nueva, muy sensible y emocional, dirigida por la cineasta china Chloé Zhao. Al verla, también fue como mirar de manera distinta el libro escrito por Maggie O’Farrell, publicado en español por la editorial Libros del Asteroide.

Fue un éxito literario desde su aparición en inglés. Se trata de una obra que utiliza elementos tanto de la ficción como de la novela histórica para narrar escenas de la vida del escritor inglés más importante en la historia de la literatura: William Shakespeare.

En principio, la idea no suena innovadora. Cientos o miles de estudiosos alrededor del mundo se han dedicado a pensar la vida del poeta y dramaturgo que escribió las piezas que dieron forma a la literatura universal y que todavía hoy siguen conmoviendo a millones, como si fueran una pintura rupestre que nos devuelve el retrato de nosotros mismos frente a la inmensidad emocional que hemos heredado de nuestros padres y abuelos.

Pero lo que hizo Maggie O’Farrell en este libro fue centrarse en la vida emocional del núcleo familiar que Shakespeare formó con su esposa y sus hijos. El personaje principal de la novela es Agnes, una mujer socialmente rechazada por su comunidad debido a su cercanía con la magia y la herbolaria, conocimientos que aprendió de su madre.

La autora aborda al personaje desde sus primeros encuentros con Shakespeare, cuando ambos eran jóvenes, y describe con una belleza minuciosa la atracción que surge entre ellos y que eventualmente los lleva no solo a casarse y tener tres hijos, sino también a inspirar buena parte de la obra del escritor: un cuerpo de trabajo que transformó profundamente la humanidad en la que surgió.

La pasión que describe O’Farrell es muy distinta de la pasión tormentosa que suele encabezar este tipo de historias: es sutil, lenta, recíproca. Interior. Intensa.

Con el tiempo, la vida de esta familia cambia. Arrollado por su propia ambición, William comienza un camino sin retorno hacia el destino de su obra, lejos de su familia. La promesa que ambos se hacen de alcanzarse en ese camino se vuelve cada vez más difícil de cumplir, mientras el éxito de Shakespeare en los teatros crece, cada vez más enorme, más irrevocable.

En medio de ese dilema que atraviesa a la pareja y a las formas en que alguna vez imaginaron su futuro, la peste negra enferma a uno de sus hijos y la devastadora realidad de su tiempo -uno en el que la cura no parecía un horizonte posible- los lleva a experimentar una pérdida trágica, profunda, sin límites. Esa pérdida los atraviesa, atraviesa su historia y su relación. Todo lo que los rodea a partir de ese momento queda bajo la sombra de su hijo, Hamnet.

Las películas casi nunca logran traducir la atmósfera que las palabras construyen en un momento crucial como este. Pero en esta adaptación algo semejante fue posible. Los colores, las texturas del vestuario, la construcción de las locaciones y los espacios, y la actuación de todo el elenco -en un método dramático, por cierto, muy cercano al del teatro- generan un escenario emocional envolvente, del que es difícil recuperarse: te arrolla en su tragedia y te arropa en su belleza.

El logro creativo de ambas obras, el libro y la película, tiene que ver con la capacidad de sus autoras para convertir una historia importante y compartida por muchos en algo todavía más grande y más íntimo a la vez.

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jl/I

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