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Petra, cómplice migrante: camina conmigo

Hace un año escribí estas líneas para despedirte. Entonces todo era vértigo, tristeza, desconsuelo y el acomodo de aquella paz que me infundiste. Esa mezcla de emociones que parecían no caberme en el cuerpo. Hoy vuelvo a escribirte, Ma, para contar lo que el tiempo ha ido revelando en tu ausencia.

Petra, hoy sé que “las Diosidencias” hicieron del 8 de marzo, la fecha de tu partida, un Testimonio vivo para ayudarme a honrar tu memoria y aquilatar tu legado. En este primer año de tu ausencia física he aprendido que el duelo no es una línea recta; sino un camino lleno de pausas, de silencios largos y de preguntas que, a veces, no tienen respuesta.

El duelo es también el silencio de tu voz, de tus risas y tus pasos. Por eso, persisto en la certeza de que las madres deben ser eternas; sin importar la edad que tengamos sus hijas e hijos, son indispensables. 

Yo extraño tu presencia física, las videollamadas para preguntarme cómo estoy, dónde estoy, cómo me siento, cómo va el trabajo; cómo van creciendo las plantas y que, entre una plática y otra, constataras si soy feliz, mientras vas revelándome lo más reciente de las noticias del espectáculo.

Mamá, este año el silencio ha cambiado, me ha ayudado a reconocer quién soy y de dónde vengo. Tu presencia ahora se ha vuelto distinta. Te veo en los gestos que repito sin darme cuenta; te escucho en las palabras que uso y que un día oí de ti y también de mi abuela Petra, tu madre; te redescubro al mirar a los nuestros.

Otras veces te encuentro en una canción o en una conversación y en la mesa compartida; te reconozco en quienes bailan sin pena y con tanta enjundia como tú lo hacías; te veo en el color de esas flores que tanto te gustaban. Y entiendo que honrarte es seguir caminando cada día con la fortaleza que yo misma te vi levantarte después de cada caída. Este periodo me enseña a encontrar alegría, incluso, en los días difíciles, para vivir con gratitud por la vida que viviste y por las historias que nos heredaste.

En este año he entendido que el duelo no es olvidar, sino tener el arrojo de atreverse a vivir sin que el dolor lo ocupe todo.

Petra, tu vida es mi lección de valentía. Cruzaste fronteras, desafiaste miedos, reinventaste tu destino y transformaste el mío, el de tu familia y el de otras tantas que hiciste cercanas y que encontraron contigo, una aliada. Por eso, Ma, cuando la tristeza se aparece, la dejo llegar. Estoy aprendiendo a habitar tu ausencia. Te recuerdo y te celebro con música, con caminatas, cuidando de las plantas; escuchando y reconociendo tu historia y parte de la mía, en otras historias de personas migrantes tal y como reza esa canción: “No es que sea mi trabajo, es que es mi idioma”. Ma sigue caminando conmigo.

X: @claudiaacn

jl/I

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