Por momentos, la tesis de José María Lassalle en El liberalismo herido (2021) -al que subtituló ‘Reivindicación de la libertad frente a la nostalgia del autoritarismo’ -parece incómodamente cercana a nuestra realidad: el problema ya no es si el liberalismo funciona, sino si todavía puede sostenerse.
La democracia liberal no se desploma de un golpe; se vacía lentamente. Se desgasta. Se vuelve irrelevante para millones que ya no encuentran en ella ni seguridad ni prosperidad ni sentido de pertenencia. Y cuando eso ocurre, lo que emerge no es una alternativa mejor, sino algo más primitivo: la necesidad de orden.
Lassalle identifica tres heridas que explican esta erosión. Primero, el miedo: el terrorismo global quebró la promesa de seguridad. Después, la desigualdad: la crisis de 2008 demolió la narrativa meritocrática. Finalmente, la pandemia terminó de exhibir la fragilidad del individuo frente al Estado. El resultado es una ciudadanía fatigada, vulnerable y, sobre todo, disponible para creer en soluciones simples.
Ahí es donde el populismo deja de ser una anomalía para convertirse en síntoma. No es la causa de la crisis liberal; es su consecuencia más visible. Las democracias no están siendo destruidas desde fuera, sino desde dentro, a través de mayorías que votan contra los principios que las sostienen. La paradoja no es nueva, pero sí más peligrosa: la legitimidad democrática puede ser utilizada para vaciar la democracia misma.
Sin embargo, el diagnóstico de Lassalle va más allá de la política. Su advertencia más inquietante está en el terreno tecnológico. La promesa de libertad digital ha mutado en una arquitectura de vigilancia. El individuo ya no es ciudadano, sino dato. Y el poder ya no se ejerce únicamente desde el Estado, sino desde plataformas que operan sin controles democráticos efectivos.
En ese contexto, el liberalismo no solo está herido: está desorientado. Durante décadas confundió libertad con mercado, ciudadanía con consumo y progreso con crecimiento económico. Esa simplificación no solo empobreció su proyecto moral, sino que lo dejó indefenso frente a las crisis que él mismo ayudó a generar.
La pregunta de fondo no es si el liberalismo puede reformarse, sino si llegará a tiempo. Lassalle apuesta por una reinvención: un liberalismo más humano, más comunitario, más consciente de los riesgos tecnológicos. Pero esa propuesta enfrenta un obstáculo central: requiere paciencia, complejidad y matices… exactamente lo que la política contemporánea ha dejado de tolerar.
En México -y en buena parte del mundo- la tentación autoritaria ya no se presenta como ruptura, sino como corrección. Se ofrece como eficiencia frente al caos, como orden frente a la incertidumbre, como cercanía frente a la élite. Y en ese discurso, el liberalismo aparece no como solución, sino como problema.
Recién salió el reporte del Instituto V-DEM de Suecia que reclasificó a México como una “autocracia electoral” (anteriormente era considerada una “democracia electoral”). Este retroceso se debe a la “degradación de las instituciones, el control del Ejecutivo sobre los otros poderes y el deterioro de la libertad de expresión, situando al país en una zona gris de transición autocrática”.
Tal vez ahí radica la verdadera herida: el liberalismo ha dejado de ser emocionalmente convincente. Ya no moviliza. Ya no entusiasma. Y en política, lo que no moviliza, desaparece. El riesgo no es solo perder libertades. Es dejar de desearlas.
jl/I









