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Regresión identitaria

Hay ideas que primero se formulan en la academia, luego se ficcionalizan en la literatura y finalmente aterrizan –ya sin matices– en la arena política. La tesis del conflicto cultural como motor de la historia contemporánea recorrió exactamente ese trayecto. En 1996, el politólogo estadounidense, Samuel P. Huntington, ya advertía en su libro ‘El choque de civilizaciones’ que, tras el fin de la Guerra Fría, los conflictos globales dejarían de ser principalmente ideológicos o económicos, y pasarían a ser culturales y civilizatorios.

Por su parte, en su novela distópica, ‘Sumisión’ (2015), Michel Houellebecq narra que en 2022 Francia elige democráticamente a un gobierno islamista moderado. No hay golpe de Estado ni revolución violenta. Hay cansancio y desorientación. Una élite intelectual agotada que ya no cree en nada. El protagonista acepta el nuevo régimen no por convicción espiritual, sino por comodidad y estabilidad.

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el senador estadounidense Marco Rubio no ofreció un discurso técnico sobre defensa ni un parte burocrático sobre la OTAN. Habló de civilización; de decadencia; de la urgencia de “salvar Occidente”. Quien haya leído a Huntington o a Houellebecq habrá sentido un déjà vu inquietante. No porque Rubio proponga un régimen teocrático ni porque Houellebecq redacte manifiestos políticos. La similitud es más profunda y perturbadora: ambos parten de la misma premisa discursiva –Occidente ha perdido el rumbo– y ambos sugieren que la salida pasa por una reconfiguración drástica del orden liberal.

En Múnich, Rubio trazó un diagnóstico desde la política real: desindustrialización, migración descontrolada, debilitamiento cultural, políticas climáticas vistas como dogma ideológico. El liberalismo de las últimas décadas –dijo– erosionó la cohesión interna y debilitó a Occidente frente a sus rivales.

Houellebecq imagina una sociedad que encuentra en la religión una estructura clara de jerarquía, sentido y pertenencia. La universidad se reorganiza. La familia se redefine. El vacío existencial se reemplaza por certidumbre normativa. Rubio no habla de religión ni de sharia, pero sí de soberanía, identidad y raíces civilizatorias. Su apelación a “Occidente” no es meramente geográfica; es cultural y moral. El mensaje implícito es que el orden liberal globalizado –multilateral, posnacional, tecnocrático– debe ceder ante un esquema más firme, más identitario, más delimitado.

La analogía no está en el contenido religioso, sino en la lógica: ante el agotamiento liberal, la solución es volver a un marco más sólido, más cohesivo, menos ambiguo. En ‘Sumisión’, el cambio ocurre porque nadie está dispuesto a defender con pasión el viejo sistema. El liberalismo se muestra tibio, burocrático, incapaz de movilizar lealtades profundas. El discurso de Rubio explota esa misma fragilidad: si Europa y Estados Unidos no corrigen el rumbo, serán sobrepasados demográfica, cultural y geopolíticamente. No es una comparación: es una advertencia. Cuando la política adopta el lenguaje de la decadencia civilizatoria, se abre la puerta a enmiendas del contrato liberal.

Huntington describía un posible escenario. Houellebecq advertía sobre una decadencia interior. Rubio propone una respuesta axiomática: reafirmar Occidente como bloque cultural cohesionado. Porque la “sumisión” no llega con estruendo, sino envuelta en promesas de estabilidad.

Los tres discursos comparten un eje: la percepción de vulnerabilidad cultural. No es casual que la variable religiosa reaparezca como marcador identitario. Tampoco es casual que la discusión sobre migración, demografía y cohesión social orbite alrededor de la palabra “civilización”.

X: @Ismaelortizbarb

jl/I

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