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Lo que no hemos visto

He estado pensando mucho en el retrato.

En los elementos conceptuales e históricos que componen la historia de esta práctica casi prehistórica. No me refiero al autorretrato, al menos no todavía. Entiendo que de alguna manera todas las expresiones artísticas, incluso antes de que las llamáramos tales, son formas de autorretratos, en el sentido de que son manifestaciones expresas del ser humano que quiere dejar una huella. Quiere decir: aquí estuve yo, esto fui, esto me acompañaba. 

Pero el retrato de los otros, el deseo de capturar la imagen o la postura de alguien frente a uno, me intriga. Hay ahí una pulsión y un deseo que traspasa al individuo y, por eso, me obsesiona. 

En ese camino de indagación me he encontrado con varios autores: Joan Fontcuberta, Roland Barthes, Susan Sontag. Más recientemente Marina Azahua. Pero esta semana me encontré con un libro de Annie Ernaux, la autora francesa ganadora del Nobel, que no conocía, titulado ‘El uso de la foto’, en el que revela, a través de la imagen, pero también de la escritura, escenas cotidianas que tuvo con su pareja y coautor del libro, Marc Marie.

Este libro da cuenta de un ejercicio hermoso y simple: durante varios meses, sobre todo al principio de su relación, Annie y Marc tomaron fotografías de las prendas de sus ropas al día siguiente de haber hecho el amor. 

Según describen ambos, se dieron cuenta pronto de que en esas escenas había algo vaporoso e intocado, bellísimo, de lo que eran sus noches de pasión después, con la luz del día. En esos retratos, en los que solo hay zapatos tirados, jeans hechos rollos, ropa interior y lencería, estaban también los momentos iniciales de su vida juntos: la pasión, el impulso de permanecer uno al lado de la otra.

No son solo fotografías de lo íntimo. El libro está configurado para que en cada instantánea haya también un texto de Annie y uno de Marc para que cada uno exprese lo que ese momento significó, sin ver antes lo que dice el otro. La memoria intocada que quizá luego se complementa con la visión del otro. Es un ejercicio bellísimo que de hecho revela a la fotografía como artefacto colectivo en nuestras vidas, no solo en las íntimas.

Hay un detalle importante y terrible. Mientras estas escenas tienen lugar, Annie Ernaux batalla con el diagnóstico de cáncer de mama que le cambia de manera abrupta la relación que hasta entonces había llevado con su cuerpo, por lo que cada estampa para ella es también profundamente personal. 

Lo interesante de este libro y de este ejercicio en suma es que, como pasa siempre con el arte, no refleja necesariamente lo que la autora piensa que está reflejando en su primera intención: los escenarios amatorios que comparte por la mañana con su pareja. Lo que deja de manifiesto para sus lectores es, en parte, que una misma situación límite, por más dolorosa o amorosa que parezca, nunca es vivida igual por los integrantes de la pareja.

Mientras Ernaux destaca lo brillante de las conversaciones, el consuelo del deseo frente a una temporada desgarradora física y mentalmente, los juegos de la identidad frente a la sexualidad y la cercanía que tiene conceptualmente el cáncer con la muerte, su pareja, un varón, habla de lo carnal, de las escenas explícitas de las noches anteriores, de su infancia y sus mascotas, de su ex pareja y un largo etcétera que tiene que ver más con el sexo, con el cuerpo, incluso con el morbo.

No me parece algo extraño o negativo; si acaso, me parece transparente. En el sentido de que la foto del otro sí nos revela también a nosotros, quienes toman el retrato –tomar como se toma a un país–, sí, pero también es capaz de revelarnos algo nunca antes visto ni siquiera por nosotras mismas.

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jl/K

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