loader

La naturaleza de lo temido

Qué disonante es atestiguar –porque en verdad hace falta poco para hacerlo– que el equilibrio radical de lo que nosotras llamamos naturaleza se refiere a una lucha entre una fragilidad arrolladora y una fuerza enorme y misteriosa, capaz de engullirnos vivas de un solo bocado.

Ahí radica su misterio.

Históricamente, los humanos han intentado explorar lo que implica ese abismo y la literatura ha fungido como un intento inocente de asir todo aquello y de sujetarse a la experiencia siempre incompleta del cuerpo humano en medio del paisaje: desde la obsesión de Juan Rulfo por el llano, Joseph Conrad y la selva, Herman Melville y la naturaleza infinita del océano, hasta ejemplos más contemporáneos como la selva que devora a los niños en ‘El cielo de la selva’, de Elaine Vilar Madruga, el campo enrarecido y abandonado de Mónica Ojeda y Samanta Schweblin en ‘Las voladoras’ y ‘Distancia de rescate’, respectivamente; la costa en ‘Temporada de huracanes’, de Fernanda Melchor; el borde contaminado de las periferias en Mariana Enríquez.

Mientras el mundo parece acabarse, esos paisajes cobran una relevancia urgente. Ya no miramos el paisaje antes de entrar en él, sino después de haberlo digerido y explotado.

En el caso de ‘El monte de las furias’, el más reciente libro de la autora uruguaya Fernanda Trías, con el que ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del año pasado, el escenario es un bosque de niebla en la montaña.

Para escribirlo, Trías pasó tres años en Colombia, investigando y leyendo compulsivamente –según ha declarado en sus presentaciones– todos los libros que tienen montañas como protagonistas.

La lluvia torrencial y la niebla –un paisaje agreste que moldea a sus habitantes– son claves para entender este libro. Su hipótesis es que los paisajes en los que habitamos son fundacionales. Sus personajes están siempre en tensión con este espacio: lo desprecian, lo sufren, lo temen y, finalmente, hacen lo que deben para sobrevivir.

No pude evitar, al leer, trazar un paralelismo entre ese paisaje, igualmente frágil y amenazante, y la feminidad de la protagonista. Rechazada, temida y vigilada, las personas que habitan a su alrededor –incluso sin que ella lo sepa o pueda ser consciente de ello– le permiten existir, a pesar de estar en las orillas de todo lo que consideran normal –y, por tanto, inofensivo–, solo en la medida en que puede ser domesticada.

En la novela habita un terreno liminal entre los poblados y los yacimientos de cantera que lo vuelven deseable, y el lado salvaje e inexplorado de la montaña. Su trabajo es cuidar que la montaña no engulla una casa que es propiedad de un hombre: el dueño. Todos los días se levanta a controlar la maleza en el patio, la humedad en los muros, los insectos y a los animales salvajes, para que no atraviesen el límite establecido por un alambrado eléctrico.

Entre la soledad y la bruma, la protagonista comienza a encontrar cuerpos humanos muertos alrededor de la propiedad. Con la certeza de que, si aparecen en ese terreno, es porque desaparecen en otro, y como quien por primera vez observa el paisaje que ha habitado sin mirarlo de verdad todo este tiempo, a pesar de sus propias reservas, la mujer comienza a recoger estos cuerpos para devolverlos a la tierra que, intuye, los reclama.

Y entonces comienza a relatar su propia historia a través de la escritura, el único reducto de autonomía que conserva, marcada por mujeres incomprensibles e indomables en ese escenario terrible que las asfixia.

En ese abrazo al cuerpo del otro, en ese intento por devolverlos a algo, es cuando la protagonista entiende por primera vez su lugar en ese terreno agreste. Es solo entonces, en esa comprensión –que por fin se revela peligrosa–, cuando se vuelve una amenaza, al menos en los términos de quienes se erigen como dueños de la montaña.

Me parece que ahí hay un mensaje poderoso con respecto a los múltiples paisajes incomprensibles que habitamos –los naturales y los políticos–: que, a pesar de todo, es necesario mirar con realismo para la sobrevivencia.

[email protected]

jl/I

Te recomendamos

Artículos de interés

Siapa debe $20 millones por laudos
Buscan frenar daño genético con alimentos en el Santiago
Festejan la niñez en festival de la Ribera