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La muerte en femenino

En medio del Museo Panteón de Belén, en medio de una Guadalajara apaciguada por el Domingo, alrededor de quince mujeres leímos la novela cumbre de la autora chilena María Luisa Bombal: La amortajada.

Así, en una tarde espléndida y fresca convocada por un silencio absolutamente literario, comencé a moderar un pequeño maratón de lectura de un solo día. Porque en esos gestos pequeños ocurre la maravilla que nos permiten los libros.

Decidí que leeríamos este libro en marzo, la semana pasada, para reflexionar cómo el género también atraviesa esa experiencia aparentemente universal que es la muerte y cómo, muchos años antes de que nosotras gritamos por las muertas -las muertas no, las asesinadas-, ya antes una genia había utilizado el remedio de la ficción para reflexionar sobre su vida y las muchas ataduras que la marcaron. Pensaba de pronto que para La amortajada la muerte era una especie de liberación, pero también un repaso por todas las opresiones que se suman en la vida de una.

Porque lo que hace Bombal es radical incluso hoy: Ana María, la protagonista, yace muerta, amortajada, pero consciente. Desde ese cuerpo inmóvil escucha, recuerda y reconstruye su vida mientras desfilan quienes la conocieron: el esposo que no amó, el amante imposible, los hijos, la hermana, las figuras que delinearon su existencia. No hay aquí una muerte silenciosa, sino una conciencia que, por primera vez, puede mirar sin la urgencia de vivir. La estructura misma de la novela —fragmentaria, íntima, suspendida— rompe con la linealidad y se instala en un territorio donde la memoria y el deseo tienen más peso que los hechos.

Ahí en su último lecho, Ana María hace un recuento y se pregunta si era necesaria la muerte para verse así, a sí misma, amada, arrebatada por sus pasiones y sus encuentros. Destinada a querer haberlo hecho distinto pero aliviada por no tener que resolverlo más. 

Qué liberador si la muerte es como un sueño que nos permite luego anhelar algo distinto para las que se quedan. Una forma también de asegurarnos de que la memoria auguraría un destino distinto para otras, nuestras hijas, las hijas de nuestras hijas. 

Creo que hay una clave ahí para todo el desasosiego que nos rodea. 

Y en ese gesto —el de los muertos que hablan, el de un mundo narrado desde el más allá— hay quienes han visto una semilla.

Persiste el rumor, nunca del todo comprobado pero tampoco desmentido con firmeza, de que esta novela influyó en la escritura de Juan Rulfo, particularmente en Pedro Páramo, donde también los muertos narran, recuerdan y habitan un tiempo suspendido. Más que una anécdota literaria, esa posibilidad abre una línea de lectura: América Latina pensándose desde sus fantasmas, desde sus silencios, desde lo que no termina de morir.

Pero mientras Rulfo busca la melancolía del padre y de los amores no hechos, Bombal se queda con lo que sí pudo ser, con lo sentido, lo querido. Lo añorado, pues, lo femenino. 

Hemos reflexionado en esta lectura sobre la pausa, hemos reflexionado sobre lo que pasa cuando morimos: si lo que queda de nosotras será acaso un intento de libertad o, como en Bombal, una última oportunidad de entender las formas en que fuimos contenidas, deseadas, negadas. Y quizá también, aunque sea por un instante, liberadas.

Seguras como siempre de que las mujeres que escribieron a pesar de todo fueron capaces de atisbar que un día todo eso que soñaron, se haría verdad. 

El libro fue publicado por Libros UNAM hace un par de años pero se puede encontrar en otras editoriales de manera libre en Internet.

X: @alecarrillogl

jl/I

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