loader

Los muertos y sus cuerpos

Ya lo he dicho aquí, pero lo repito por si hace falta: el tema del que más he leído en mi vida como lectora profesional es el duelo. He vivido la pérdida, pero siempre que trato de explicarme la razón de esta preferencia, pienso en esa máxima de que la escritura y el pensamiento filosófico son, en el fondo, herramientas para entender ese momento terrible en el que nos toca habitar el dolor enloquecedor de perder a quien amamos.

Hace un tiempo comencé a reflexionar con mis alumnos sobre cómo, al hablar del dolor por la pérdida, recurrimos constantemente a los sentimientos, los recuerdos y las narrativas que guiaron nuestro caminar con esa persona. Sin embargo, hablamos poco de lo material; de esa locura que se inserta en las casas vacías, en las mesas donde se come con la ausencia y en la nada que queda cuando los otros se van, por más que la tragedia haya intentado prepararnos.

De esa falta de terreno en el cuerpo que a veces deja el pensamiento filosófico nace mi obsesión por leer, y así llegué a ‘A pesar de Platón. Figuras femeninas en la filosofía antigua’, de la pensadora italiana Adriana Cavarero.

Este es, en suma, un libro sobre pensamiento filosófico crítico. Explica cómo los pensadores que hoy conforman el canon occidental –Platón y Sócrates, entre otros– desarrollaron teorías sobre el alma y la mente quizá porque les resultaba insoportable hablar del cuerpo y su inevitable final.

Cavarero parte de la historia de una sirvienta tracia que se burló de Tales, considerado el primer filósofo. Mientras él miraba al cielo, absorto en la eternidad y el mundo de las ideas –lo único que los filósofos consideraban real e importante–, cayó en un pozo en una de sus caminatas. La sirvienta, según el relato, se burló de él: por pensar en el mundo que trasciende al cuerpo y a las relaciones mundanas, era incapaz de ver el pozo en su camino. Platón contaba esta historia para ejemplificar con burla cómo las mujeres, seres supuestamente inferiores que no se ocupan del pensamiento, jerarquizan lo “superficial”: el cuerpo capaz de caer en un pozo con dolor. O de morir.

Cavarero expone este pasaje como un ejemplo de las preocupaciones masculinas y de lo que ellos, dueños del mundo, señalan como “la nada”: el cuerpo vivo, nacer de las entrañas de una madre, morir con dificultad y todas las transformaciones intermedias. Creen que el mundo de la teoría es más valioso que el de la experiencia común. Para estos filósofos el cuerpo no es importante.

Al respecto, Cavarero escribe: “Porque la doctrina de la verdad, ligada al reino del pensamiento puro (que hace que el humano pensante ya no sea mortal, sino eterno), no reconoce los cuerpos por no reconocer a los muertos, por lo que es inevitable que tampoco reconozca el nacimiento, que para todo humano tiene su raíz en el cuerpo materno. La sirvienta tiene buenas razones para reírse: ¿cómo podría esta joven (...) llamar a todo eso un venir de la nada que no es en absoluto?”.

La sirvienta se ríe porque pertenece por entero al mundo de la vida; no solo como esclava habituada a cuidarla extrayendo agua, sino como mujer marcada por la diferencia sexual. Se ríe porque sabe que lo que se le oculta al pensamiento de Tales es el mundo cierto. El que tocamos, el que ellas mismas han engendrado.

Hay ahí también, en el pensamiento filosófico de esa escuela, una búsqueda universal de consuelo: la idea de que, ante la pérdida, quedará algo de nosotros y de los otros: el alma, nuestras ideas. Pero querer no ser sólo cuerpo me parece una falta de perspectiva crucial al enfrentar la hora final de quienes amamos. Además del legado inmaterial, es necesario volver a mirarles como cuerpos que salieron al mundo con apenas nada.

Hay un consuelo inmenso, también, en recordar la sensación de sus manos, su olor y sus dificultades físicas. La sensación de acunarles. Abrazar esa ausencia y esa entraña ha sido, históricamente, una tarea femenina, la única que nos da claves también para entender y soportar la barbarie: qué otra cosa nos lo explica mejor que las madres –por supuesto tenían que ser las madres– que a pesar de todo, en renuncia incluso de la noción básica de la justicia en el sistema que quiere buscar causales y causantes, busca un cuerpo. Vivo o muerto.

[email protected]

jl/I

Lo más relevante