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Vernos en Medea

Podría decirse que es fácil, pero en el estado de las cosas del mundo quién sabe si podríamos afirmarlo, empatizar con las personas que claramente sufren. Pero somos terribles con las que no vemos en agonía, con las que nos esconden la verdad de sus circunstancias. Queremos, para empatizar y, en el caso de algunas almas caritativas, ayudar a los otros, que las víctimas sean perfectas, impolutas. Que nunca hayan cometido mal alguno, que nada en sus vidas parezca haber merecido el destino horrible que se avecinaba.

De principio y para mí la compasión es una herramienta teórica y política contra la tiranía y contra la violencia, buscando respuestas sobre esta ¿práctica?, ¿mirada?, ¿forma de vida?, es que di con ‘La compasión difícil’, de la filósofa española nacida en Bélgica Chantal Milliard.

Este es, en suma, un libro de poesía, pero sobre todo es un libro de preguntas que nos confronta con una historia, un mito, en el que se nos pone inmediatamente como jueces: qué hacer ante el crimen cometido por la pasión de los otros. Qué hacer con lo teóricamente incomprensible, qué hacer con la brújula que nos invita a desear lo peor, a anhelar el castigo y el tormento de los demás.

Publicado tanto en Tusquets como, después, en Galaxia Gutenberg, este libro aborda varios dilemas importantes que me parecen cada vez más urgentes para la modernidad. En él, Maillard indaga en la voz de Medea después de su grave crimen, el de matar a sus hijos que no tenían culpa de la suerte de su madre.

Como en ‘Matar a Platón’, en ‘La compasión difícil’ Maillard propone una relectura fundamental para entender el pensamiento occidental, de origen griego. Retoma el mito de Eurípides a través de una serie de versos que colocan al lector ante algo realmente retador: la imposibilidad de empatizar con una mujer que ante el sufrimiento amoroso, ciega de rabia, decide asesinar a sus hijos. En el libro parece ser la voz de Medea la que habla en un soliloquio sobre la injusticia, el dolor y la culpa.

Pero lo verdaderamente incómodo del poemario no es el crimen, sino la insistencia de Maillard en obligarnos a permanecer frente a él. No hay alivio posible en la condena sencilla. La autora parece preguntarnos qué hacemos con el dolor cuando éste adopta una forma monstruosa, cuando deja de ser compatible con la inocencia y se convierte en algo que amenaza incluso nuestras ideas más elementales sobre el amor, la maternidad o la compasión misma. 

La Medea de Maillard sabe que todos la observan como una aberración. Escucha el rumor social, la condena colectiva, el relato que otros hicieron sobre ella, un relato casi pedagógico. Y sin embargo insiste en contar su propia versión. Hay algo profundamente contemporáneo en eso: la conciencia de que toda sociedad necesita fabricar monstruos para sostener la tranquilidad de sus certezas morales.

Tal vez por eso el libro resulta tan perturbador. Porque no intenta absolverla. No hay en estos poemas una justificación del horror. Lo que hay es algo mucho más difícil: la sospecha de que incluso las personas capaces de actos atroces siguen siendo humanas. Y aceptar eso implica también aceptar algo terrible sobre nosotros mismos.

Maillard escribe una Medea envejecida, derrotada, casi fantasmal, que habla desde la herida y desde el hambre. El hambre aparece constantemente en el libro como una fuerza ciega, ancestral, una pulsión que atraviesa la vida y la muerte. Hay momentos en los que la maternidad misma parece convertirse en una forma de violencia: traer a alguien al mundo es también condenarlo al dolor, a la pérdida, al miedo y eventualmente a la muerte.

Quizá por eso el poemario insiste tanto en la figura del monstruo. Lo monstruoso no sería aquello completamente ajeno a nosotros, sino precisamente aquello que reconocemos demasiado cerca. Todo lo que no comprendemos nos espanta, dice Maillard en uno de los fragmentos, y pienso que pocas frases explican mejor la forma en que miramos el sufrimiento ajeno.

Después de leer este libro nos queda preguntarnos acerca de nuestras propias culpas y sobre la capacidad que tengamos, una vez viéndonos con claridad, de mirar a los demás con compasión a pesar de todo. Es duro porque en esa tarea también hay dolor y hay renuncias a la gran promesa que nos ha hecho la justicia como sociedad.

Quizá la compasión verdadera comienza justo ahí: en el momento en que entendemos que las personas no necesitan ser puras para merecer ser miradas con humanidad.

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jl/I

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