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El aciago retorno de las ultraderechas

Los resultados de la primera vuelta electoral en Colombia reavivaron el debate sobre el resurgimiento de las ultraderechas en Latinoamérica. Durante las primeras dos décadas del siglo 21 la región vivió una hegemonía de proyectos de izquierda, pero el péndulo ahora corre al otro lado del espectro.

El desgaste institucional, los pobres resultados económicos y, sobre todo, la deriva autoritaria de regímenes como Venezuela o Nicaragua, minaron la credibilidad progresista y generaron desencantos audazmente capitalizados por figuras ligadas a las ultraderechas, autodenominadas ‘outsiders’.

Pablo Stefanoni, en su libro ‘¿La rebeldía se volvió de derecha?’, describe cómo las derechas de surgimiento relativamente reciente (‘alt-right’, libertarios radicales y neoconservadurismos) lograron arrebatarle a la izquierda el monopolio de la transgresión y el inconformismo juvenil, desplazándola hacia el espectro reaccionario.

Los ‘outsiders’ neoconservadores emergieron como los nuevos ‘rebeldes’, capaces de pronunciar verdades supuestamente incómodas y culpar a los derechos sociales de dilapidar recursos públicos en detrimento de las mayorías.

Otro aspecto que la izquierda ha cedido a sus detractores es la asimilación acrítica del ‘wokismo’. La filósofa de Harvard, Susan Neiman, en su genial ‘Izquierda no es woke’, sostiene que este movimiento es una corriente sectaria y tribalista que desconfía de los valores universales de la Ilustración, prioriza debates estéticos o performativos que no alteran las estructuras de poder y poco tiene que ver con las banderas históricas de la izquierda: la redistribución de la riqueza y la justicia social. Pero los adversarios meten a la izquierda y a los ‘wokes’ en el mismo saco, para agitarlo y asustar, como decimos en México, con “el petate del muerto”.

Adicionalmente, las ultraderechas han sofisticado sus métodos de arquitectura digital con granjas de bots, diseminación de discursos de odio y desinformación; y en foros y subcomunidades radicalizan a jóvenes con posturas neofascistas, como parte de un proyecto geopolítico global documentado por la periodista ganadora del Premio Pulitzer, Anne Applebaum. Ella lo denomina “internacional del autoritarismo”.

Por eso el retorno de estas ultraderechas entraña gran peligro. Mientras las derechas –de por sí lesivas– de los 80 y 90 operaban bajo el dogma neoliberal y de apertura comercial, las de hoy, en cambio, son peores: proteccionistas, xenófobas y portadoras de un machismo explícito y cínicamente militante.

La izquierda debe salir del marasmo, recuperar la hegemonía del discurso público y articular un sentido común mayoritario. De lo contrario, las fuerzas reaccionarias seguirán ganando batallas culturales y electorales.

En México, pese a nuestra sólida tradición laica y juarista, sería un error minimizar la amenaza. Ya comenté que no operan aislados y no es casual que, recientemente, neoconservadores mexicanos intensificaron sus operaciones invitando a conspicuas figuras españolas para pontificar contra la izquierda, mientras les queman incienso.

La izquierda mexicana no puede quedarse en la complacencia. Y, por cierto, no debe olvidar una de sus banderas más legítimas: el combate a la corrupción, pues, aunque existan indicadores macroeconómicos favorables o reducción de la pobreza, si se claudica en la rectitud moral se abre flanco al enemigo.

Y a la ultraderecha no se le debe conceder grieta alguna por donde colarse.

*Profesor universitario

X: @julio_rios

jl/I

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