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El buen salvaje

Algo muy profundo se rompió el sábado pasado en el Estadio Corregidora de Querétaro. Más allá del horror que muestran las imágenes que dieron la vuelta al mundo y que ponen en evidencia –otra vez– al Estado mexicano frente al mundo, está el dolor de aceptar que ningún espacio de nuestra vida pública ha logrado escapar de la violencia y de los tentáculos del crimen organizado. 

En México desde hace muchos años el futbol ha sido un gran escape, una cámara de despresurización social y una de las pocas actividades lúdicas que teníamos al alcance para olvidarnos, por un rato, de los muertos, los desaparecidos, las ejecuciones, las pandemias, la corrupción, las crisis económicas y otros dramas cotidianos que hemos padecido en este gran pueblo sin ley. Pero el sábado la realidad nos alcanzó, se metió al campo de juego y nos dejó claro que no existe un lugar seguro para nosotros y para nuestros hijos. Así, con la tragedia que acabamos de vivir se rompió una barrera muy endeble que separaba la pesadilla de nuestra realidad con la fantasía que sólo un deporte como el futbol puede ofrecernos. 

Rousseau defendía la idea de que el estado de naturaleza está poblado por “buenos salvajes” y que el humano es bueno y empático, “porque si uno de esos salvajes ve otro sufriendo, siente una inclinación natural a auxiliar”. Lo dicho por este filósofo suizo hace más de tres siglos nos revienta en la cara hoy. Acá una horda de “buenos salvajes” seguían golpeando a personas desnudas, ensangrentadas, inconscientes e indefensas, no hubo muestra alguna de empatía. 

Pero más allá de nuestra naturaleza y condición humana, el sábado 5 de marzo quedó claro que en México no existe el Estado, que no hay gobierno que valga en materia de seguridad, sea federal, estatal o municipal, y que nadie puede protegernos si el crimen organizado, un ladrón de ocasión o una horda de delincuentes con playera deportiva ya han decidido que seremos su siguiente objetivo. No necesitamos más pruebas de que las instituciones –esas de las que hablan con tanta vehemencia nuestros gobernantes– han sido inútiles para proteger nuestra integridad y nuestra vida. 

Los hechos del sábado desnudaron al gobierno de la República, al de Querétaro, a la Federación Mexicana de Futbol, a los dueños de los clubes, a las televisoras y todos los medios de comunicación. La violencia en el estadio se dio porque es posible, porque en México violentar o matar a alguien es relativamente sencillo, porque aquí el Estado está maniatado por los grupos delictivos y la justicia es sólo una expresión política. 

Nos quedó claro que en nuestro querido México nadie va a impedir que nos violenten, que nos levanten, que nos maten, que nos descuarticen o que nos desaparezcan. Las autoridades –tal como ocurrió el sábado– llegarán tarde, harán declaraciones temerarias, mostrarán solidaridad con las víctimas y repetirán el discurso que su grupo de asesores les han preparado para no salir tan mal librados de la ocasión. 

Hay que decirlo, vivimos en un país con gobiernos derrotados y en la simulación; aquí los cárteles mandan y operan con absoluta visibilidad e impunidad; aquí el crimen organizado convive todos los días con nuestras familias de muchas formas. Nuestra ciudades y comunidades son espacios de confluencia entre el bien y el mal de manera permanente, unos intentan llevar una vida normal, quieren trabajar, quieren divertirse y alcanzar sus anhelos más legítimos y nobles; otros roban, golpean, matan, desaparecen y torturan. 

En México sobrevivimos apostándole a la suerte y a la gracia del destino para no ser los siguientes, porque sabemos de antemano que –hagamos lo que hagamos– siempre estaremos expuestos. 

juanluishgonzalez@gmail.com

jl/I