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Brújula

Hace siete años el mundo que conocía se desmoronó en un suspiro. Una noticia que cambió mi vida de manera irreversible. La sala de ultrasonido, antes llena de expectativas, se sumió en un silencio sepulcral. Las palabras del médico resonaron en mi mente: “No hay latido”. La pérdida de mi hija, a escasos días de su nacimiento, marcó el inicio de un viaje por el dolor y la búsqueda de mí misma en una abrumadora oscuridad.

En estos siete años he enfrentado momentos de profunda tristeza, pero también he encontrado fortaleza en lugares inesperados. Mi pareja y mi familia se convirtieron en mi ancla en medio de un mar embravecido. Hay días que fueron una lucha, a veces lo siguen siendo, pero también son una oportunidad para recordar y honrar el amor que sentimos por ella.

Mi trabajo no pocas ocasiones se convirtió en un refugio temporal, un lugar donde podía apartar la mente del dolor que acechaba en las sombras. Pero al llegar a casa, en esos momentos tranquilos, todo volvía a ser difícil, caótico. Es en el silencio donde la realidad se vuelve más ineludible, cuando la ausencia se siente más aguda.

La pérdida de mi hija no solo dejó un vacío en mi corazón, sino que también cambió mi perspectiva de la vida. Aprendí a apreciar pequeñas alegrías, a encontrar belleza en momentos simples. He aprendido a ser amable conmigo misma, a permitirme sentir todas las emociones que surgen, sin juzgarme.

La decisión de no quedar embarazada de nuevo fue compleja y personal. El miedo a otra pérdida, la ansiedad asociada con el embarazo después de la tragedia, todo ello se entrelazaba con nuestras emociones. Cada pareja, cada madre, enfrenta hechos como estos de manera única, y la nuestra fue moldeada por la honestidad y la comunicación abierta.

A siete años de la pérdida me encuentro reflexionando sobre la mujer que soy hoy. La travesía del duelo me ha llevado a explorar diferentes aspectos de la vida, a buscar otros significados, otros propósitos.

Si pudiera hablar con mi hija de casi siete años le diría que su breve presencia dejó una huella imborrable en nuestras vidas. Aunque no tuvimos la oportunidad de verla crecer, siempre la llevamos en nuestros corazones. Le compartiría la lección de que la vida puede ser sorprendentemente frágil y valiosa al mismo tiempo.

Le hablaría sobre la fuerza que encontramos en la vulnerabilidad y en compartir nuestras experiencias. Que el dolor es una parte inevitable de la existencia, y que buscar apoyo en los demás puede ser una fuente de cariño invaluable. Le diría que fue amada, que su luz iluminó nuestras vidas, aunque fuera por un pequeño instante.

A mi familia y amigos, algunos que se quedaron y otros que se alejaron, quiero expresar mi profundo agradecimiento. A aquellos que compartieron mi dolor y mi proceso de curación, su apoyo ha sido esencial, un consuelo en momentos oscuros. A los que se alejaron, entiendo que lidiar con aquellos que a su vez cargan con una pérdida puede ser difícil y confuso, y aunque su ausencia también me duele, respeto y honro nuestra amistad.

Aprendí, gracias a ellos, que el apoyo puede manifestarse de muchas maneras, y estoy agradecida por cada gesto, cada palabra de consuelo, cada hombro en el que pude sostenerme, cada abrazo que me contuvo. Su amor y amistad han sido una parte relevante en mi curación.

En estos siete años he aprendido que la vida sigue, que el amor perdura a pesar de la muerte. Aprecio a quienes han formado parte de esta travesía y a quienes han sido testigos de ello al leer aquello que he escrito al pasar de los días. Aunque el fallecimiento de mi hija dejó una cicatriz, tanto física como emocional, también me enseñó que la tierra no es tan árida y vuelve a florecer.

Con tiempo.

X: @perlavelasco

jl/I