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La madrugada y la ciudad arrebatadas

Al recibir el reconocimiento a la excelencia periodística en el Festival Gabo 2022, el más importante encuentro de periodismo en América Latina, Juan Villoro recordó a Gabriel Garcia Márquez acerca de las pérdidas que dejaba el toque de queda en Colombia: “El placer de deambular al cobijo de la madrugada. Sin hablar de política, denunció lo que se pierde con la política”.

La reflexión se vuelve referencia obligada si pensamos en lo que nos han arrebatado en Guadalajara. Y cuando hablo de Guadalajara me refiero a la zona metropolitana, pero también a lo que nos han arrebatado en el país.

La madrugada se ha convertido sin duda en un espacio cada vez más prohibitivo. Quienes la desafían, lo hacen sabiendo el riesgo de perder el teléfono celular, la cartera, el auto o, incluso, la vida.

Pero la madrugada puede ser aún peor fuera de la ciudad. Circular por las carreteras de noche es casi un salto al vacío.

Para mala fortuna de los habitantes de esta metrópoli, no solo perdimos la madrugada. Nuestra vida cotidiana se ha ido modificando en los últimos años ante la pérdida del territorio. La delincuencia lo ha ido ocupando, ante la complicidad y/o ceguera de las autoridades.

La violencia extrema la vivimos en los enfrentamientos armados como los registrados en los últimos días, los cuales tuvieron como escenario el espacio de encuentro ordinario de los habitantes de la ciudad, como un centro comercial o un restaurante. Como espectadores obligados de los tiroteos quedaron quienes decidieron tener unas horas de distracción y terminaron resguardándose donde pudieron para no ser un daño colateral.

Y de la misma forma, de manera inconsciente, también nos resguardamos todos los días de la violencia. Lo hacemos cuando pagamos un estacionamiento que resulta más barato que los faros, los espejos o el auto que pueden robarnos; con los permisos que negamos a nuestros hijos porque tememos que esa violencia los alcance; con el bien que no compramos o dejamos de usar para no tentar a los ladrones, con la calle que no caminamos o el parque al que ya no vamos porque el miedo al asalto nos lo impide.

Mientras, las autoridades nos dicen una y otra vez que no debemos preocuparnos, que todo está en orden y hasta se atreven a lanzarnos sus cifras de presuntas reducciones en las denuncias de delitos. Porque también decidimos resguardarnos de las autoridades y no denunciar, pues además de lo que ya nos quitaron, no queremos que nos arrebaten el tiempo y la paz.

Luego, la realidad se encarga de desmentir a las autoridades: la fichas de desaparecidos siguen aumentando en la Glorieta de los Niños Héroes; Mazamitla, el Pueblo Mágico, pierde turistas; los desplazados de Teocaltiche saben lo que es dejar todo para preservar la vida; Puerto Vallarta, nuestro destino turístico estrella, se ha convertido en la sede por excelencia de actividades del crimen organizado, mientras en Jilotlán de los Dolores todavía no pueden elegir autoridades. Solo por rescatar algunos botones de muestra.

Ante lo que vivimos, nos preguntamos cómo llegamos hasta aquí. ¿Cómo nos arrebataron la madrugada y la ciudad? Pero no podemos preguntar más porque eso también ya nos pone en riesgo. Así que escuchamos las versiones de encuentros entre nuestras autoridades y líderes de cárteles, versiones de entrega de dinero que seguramente se fue a alguna campaña, relaciones estrechas entre los prósperos negocios y la delincuencia organizada. Pero guardamos silencio y nos acostumbramos a que nos sigan arrebatando lo que nos queda, resguardándonos bajo nuestro techo, donde nos sentimos seguros, aunque algunos desaparecidos ni siquiera ahí estuvieron a salvo.

soniassi@gmail.com

jl/I