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‘Woke’ o la corrección del lenguaje

A las personas nacidas después del 2000 se les llama la “generación de cristal”. Son identificados por su fragilidad; aunque también son inestables, inseguros y con poca tolerancia a la frustración; y se enganchan con los problemas sociales. En especial son sensibles al uso del lenguaje inclusivo. Hace poco circuló un video de una clase en línea donde una persona lloró porque no le llamaban “compañere”. Aunque ya no es privativo de esta progenie, se generaliza en todos los entornos sociales y culturales, en especial en lo relacionado con la identidad de género. Pareciera que se vive una nueva revolución sexual. 

En el maremágnum de nuevas expresiones sociales, aparecen personas que se erigen como figuras de autoridad para censurar y sancionar a quienes no se ciñen a los nuevos cánones del lenguaje inclusivo y la corrección política. A ellas se le conoce con el vocablo woke (derivado del verbo wake: despertar). La palabra fue reconocida en 2017 por el Diccionario Oxford, que define como “bien informado” o “alerta a la discriminación racial o social y la injusticia”. Sin embargo, su significado ha cambiado de forma agresiva. 

Las universidades, otrora receptáculo de variedad de pensamientos, cuna de novedosas ideas y del pensamiento crítico, ahora se han visto envueltas en movimientos de alumnos, profesores y directivos a su interior que vigilan las expresiones de sus propios compañeros para censurar, reconvenir y sancionar las ideas que no congenien con los preceptos de la inclusión y la corrección política. 

Esto ha propiciado no sólo la censura de los woke, sino también la propia autocensura en aras de la corrección del lenguaje: el grupo Café Tacuba suprimió de su repertorio musical la emblemática canción La ingrata; Disney lo hace con sus producciones anteriores, muy a pesar de sus propios usuarios; lo mismo hace Warner Bros. con sus míticos dibujos animados y colocan advertencias sobre los contenidos; equipos deportivos estadounidenses han cambiado sus nombres tradicionales para ajustarse al lenguaje inclusivo y así la lista es larga. 

Pero hay intelectuales, pensadores, escritores, que se enfrentan a los woke con argumentos lógicos, coherentes y reflexivos. Un ejemplo es el profesor de filosofía Peter Boghossian, quien el pasado 8 de septiembre renunció, luego de una campaña de linchamiento en su contra en la Universidad Estatal de Portland (PSU), dado que “me ha quedado claro que esta institución no es un lugar para personas que tienen la intención de pensar libremente y explorar ideas” donde los alumnos “están siendo adiestrados para reproducir la certeza moral de los ideólogos” (https://n9.cl/vwdl8z). 

Otro caso emblemático es el de la catedrática de la Universidad de Sussex, Kathleen Stock, quien escribió el libro Chicas materiales, donde subraya su oposición a la institucionalización de la idea de que la identidad de género es lo único que importa, que la forma en identificarse confiere en automático todos los derechos de ese sexo. Considera que, con mayor frecuencia, en las universidades y en todo el mundo, esa es una visión que no puede ser cuestionada. Según ella, la cultura de silenciar cualquier desafío a la ideología imperante daña la libertad académica. Debido a sus ideas, la profesora Stock ha sido acosada, amenazada y han pedido su renuncia. 

Ante este panorama, ¿estará en peligro la libertad de cátedra? ¿Estaremos en umbral de una nueva embestida inquisitorial contra la libertad de expresión en las instituciones de educación superior? ¿O ya está ocurriendo y no nos hemos dado cuenta? 

iortizb@gmail.com

jl/I