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Justificación
No permitirá construcción
El 2 de abril fue el Día de la Liberación Económica. El presidente Donald Trump anunció aranceles de 10 por ciento a las importaciones desde todo el mundo y recíprocos individualizados a decenas de países. Además, anunció un cargo adicional individualizado a los países con los que EU tiene déficits comerciales.
Trump y sus asesores consideran que los aranceles son parte de una estrategia orientada a reestructurar la economía norteamericana. Desde su perspectiva, los efectos negativos de corto plazo serán recompensados con una relocalización de la inversión y mayores niveles de producción y empleo.
En mi opinión, la mencionada perspectiva está equivocada. La historia económica de EU nos muestra que los aranceles no suelen promover la inversión, la producción ni el empleo en el mediano y largo plazos. Dos casos históricos nos enseñan valiosas lecciones que siguen siendo relevantes.
La ley de 1828 impuso aranceles a las materias primas importadas por EU. Estos impuestos buscaban proteger las industrias del norte del país con tasas que llegaron a 61.7 por ciento. En represalia, los países europeos respondieron con aranceles propios (como, hace una semana, lo hizo China).
Los estados sureños fueron los más perjudicados debido a que exportaban algodón a Europa. Sus exportaciones cayeron drásticamente. Su economía y la del resto del país se debilitaron de manera generalizada. Más aun, los precios subieron para todos los consumidores.
Esta ley creó divisiones y tensiones. Carolina del Sur amenazó con separarse del país y el presidente Andrew Jackson envió tropas a ese estado en 1832. Las divisiones económicas agravaron los problemas políticos ya existentes. Incluso contribuyeron a justificar la Guerra de Secesión (1861-1865).
El segundo ejemplo es aún más dramático. La Ley Smoot-Hawley se promulgó en 1930; impuso aranceles que llegaron a 59.1 por ciento del valor de las importaciones. El presidente Herbert Hoover justificó los aranceles en términos de la protección de empleos y de los agricultores (tal como lo hace Trump).
El resultado fue desastroso para la economía mundial y EU. Más de 25 países respondieron con aranceles en represalia (incluidos México y Canadá). El comercio mundial cayó 66 por ciento hacia 1933. Particularmente, las exportaciones estadounidenses se redujeron a un tercio.
Los aranceles agudizaron los problemas de la Gran Depresión (1929-1933). El desempleo aumentó cuando las empresas exportadoras quebraron. El desempleo ascendió a 25 por ciento. La recuperación económica inició después de que el presidente Franklin Roosevelt redujera los aranceles en 1934.
Estos casos históricos revelan los problemas nacionales que inducen los aranceles. Provocan represalias que dañan a los exportadores nacionales. Crean ineficiencias al proteger industrias poco competitivas. Aumentan precios para los consumidores. Reducen el crecimiento económico y el empleo en el mediano plazo.
También inducen desigualdad económica entre países y regiones. Estas últimas inducen tensiones políticas. Los aranceles, además, limitan las oportunidades de especialización productiva asociadas al comercio internacional. Así, restringen el crecimiento económico internacional.
En mi opinión, las medidas de Trump solo producirán pérdidas a EU y al mundo. Los aranceles y barreras comerciales rara vez logran sus objetivos declarados más allá del corto plazo. Sin duda, el comercio y la cooperación internacionales son más útiles para promover la prosperidad que los aranceles.
*Economista e investigador de la UdeG
[email protected]
jl/I